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WestPoint · Redes y comunicaciones

La imagen va a saltos, y la culpa no es de la cámara.

Diseño, montaje y puesta a punto de la red por la que pasa todo: cableado, fibra, switches, alimentación por el propio cable de red, separación de redes y el enlace con el exterior. Nadie la mira hasta que falla, y decide si un sistema de vídeo funciona o va dando saltos.

Una red mal dimensionada no da un error.

Da fotogramas perdidos. Y los fotogramas perdidos no los relaciona nadie con la red.

La llamada empieza casi siempre igual: las imágenes se ven raras. Van a saltos, a veces se quedan congeladas dos segundos, y al revisar una grabación hay huecos. Nadie ha tocado nada. El grabador no se queja. Las cámaras están todas encendidas.

Se cambia la cámara, y sigue. Se cambia el grabador, y sigue. Se llama al que puso las cámaras y dice que las cámaras están bien, y tiene razón: el problema está en el camino entre las dos cosas, y ese camino no tiene una luz roja que se encienda. Cuando una red va justa, lo que hace es tirar paquetes — y un paquete de vídeo que se tira no se vuelve a pedir.

Eso es lo incómodo de las redes: no fallan, se degradan. Aguantan el día de la puesta en marcha, con veinte cámaras y nadie más trabajando. Empiezan a ir justas el mes que se amplían a cuarenta, o a la hora en que arranca la copia de seguridad de la empresa, o el día de calor en que un switch metido en un armario cerrado se pone a cuarenta y cinco grados. La factura la paga la imagen.

El vídeo no es tráfico de oficina.

Y las redes de las empresas están dimensionadas para tráfico de oficina.

Una persona trabajando genera ráfagas: abre un correo, descarga un archivo y se queda diez minutos sin pedir nada. La red de una oficina está pensada para eso — mucha capacidad de punta y casi todo el tiempo vacía.

Una cámara hace justo lo contrario. Empieza a enviar el día que se enciende y no para: el mismo caudal, todas las horas, todos los días, también de madrugada y también en agosto. No tiene pausas. Y no es una: son todas a la vez, en la misma dirección y hacia el mismo sitio, que es el grabador.

De ahí sale la cuenta que casi nunca se hace. Cuarenta cámaras enviando cuatro megabits por segundo son ciento sesenta megabits constantes entrando por el puerto de un grabador. Con un enlace de gigabit parece que sobra sitio, hasta que se añaden veinte cámaras, se sube la calidad de unas cuantas para leer matrículas y tres personas se ponen a mirar en directo — que es tráfico de salida, además del de entrada.

Y el caudal no es el de la hoja de características. Una cámara que mira un pasillo vacío comprime bien y gasta poco; la misma mirando un aparcamiento con árboles moviéndose de noche puede gastar el triple. Una red se dimensiona por el peor rato del día, no por la media.

Una nave logística junto al puerto vista desde el aire, con el tejado quitado. Dentro, en una esquina, un cuarto técnico con armarios de equipos y una pantalla; desde ahí salen líneas azules por una bandeja del techo hasta tres armarios repartidos por la planta, y de ellos, líneas naranjas hacia las cámaras de los postes del perímetro. Un trazo discontinuo cruza la calle hasta el edificio de enfrente. Al fondo, las grúas del muelle.

Por qué las cámaras no van en la red de la oficina.

Meterlas ahí no cuesta nada el primer día. Lo que cuesta viene después, y viene de dos sitios distintos.

El primero es el ruido. En una red plana todo convive sin que nadie mande: el vídeo constante de las cámaras, la copia de seguridad nocturna, la actualización que se descarga sola en cincuenta ordenadores y la videollamada de dirección. El que llega tarde pierde, y el vídeo llega tarde varias veces al día.

El segundo es más serio. Una cámara es un ordenador pequeño colgado de un poste, muchas veces en la calle, con su software y sus claves — y con bastante frecuencia con la clave que venía de fábrica, porque cambiar doscientas claves es trabajo y no se ve. En una red plana, quien llega a esa cámara ha llegado a la contabilidad. No hace falta nadie sofisticado: basta con un cable al alcance de la mano en un aparcamiento.

Separar las dos cosas es poner las cámaras en su propia red, decidir qué puede hablar con qué y cerrar el resto. El grabador habla con las cámaras. El puesto de seguridad habla con el grabador. Las cámaras no hablan entre ellas, no salen a internet y no ven un solo ordenador de la empresa. Lo que no está permitido, no pasa.

Casi nunca empezamos de cero: ya hay una red y hay alguien de informática que la lleva y que no quiere doscientos aparatos dentro. Tiene razón, y esa conversación sale bien si llegamos con la cuenta hecha de cuánto tráfico vamos a meter y de qué no le vamos a pedir nunca a su red. Y si la red que hay no da, se dice antes de firmar y no al tercer mes.

La corriente por el mismo cable.

Alimentar la cámara por el cable de red ahorra media instalación. También es donde más veces hemos encontrado el problema que otro no encontraba.

Cada cámara pide una cantidad de corriente, y el switch que las alimenta tiene un total para repartir entre todos sus puertos. Ese total casi nunca da para todos los puertos a la vez pidiendo el máximo, y eso viene escrito en una línea de la hoja de características que se lee poco. Veinticuatro puertos no son veinticuatro cámaras grandes, y hay que dejar margen: dentro de dos años alguien va a añadir dos cámaras en los puertos que sobraban.

Además el consumo no es el de la etiqueta. Una cámara con calefactor y con motor de zoom pide bastante más en una noche de helada que en la tarde de mayo en la que se probó todo. Y eso da una de las averías más difíciles de encontrar: unas cámaras se reinician de madrugada y por la mañana están perfectas, así que nadie ve nada raro al mirar.

Y después está el cable. Un cable de red que parece igual pero es de aluminio recubierto de cobre aguanta los datos y no aguanta la corriente: calienta, pierde tensión por el camino y la cámara del final del tramo se queda corta. No hay manera de verlo mirando, y es una de las primeras cosas que comprobamos cuando una instalación se reinicia sola.

Lo que se decide en el proyecto de red.

Seis decisiones. Ninguna se puede cambiar barata después de tirar el cable.

  • Hasta dónde llega el cobre. Un tramo trabaja bien hasta unos cien metros, y esos cien metros incluyen lo que sube por el poste y lo que da vueltas dentro del armario, que siempre es más de lo que mide el plano. A partir de ahí no se estira: armario intermedio, o fibra.
  • Cuándo toca fibra. Entre edificios, siempre: además de la distancia, la fibra no lleva electricidad, y dos edificios unidos por cobre comparten también las tormentas y las diferencias de tierra. Un rayo lejano se ha llevado más switches por ese camino que por ningún otro. Dentro de un edificio, para las distancias largas y para el tramo que une armarios, que es el que lleva el tráfico de todos.
  • Qué switches. Uno gestionado permite separar redes, ver cuánto tráfico pasa por cada puerto, apagar un puerto a distancia y poner el vídeo por delante de la copia de seguridad cuando no cabe todo — aunque la prioridad no crea capacidad: si la red va corta, sólo elige quién se queda fuera. Uno no gestionado es una caja que reparte y no cuenta nada: el día que hay un problema, no hay por dónde empezar a mirar.
  • Qué pasa si se corta un cable. Con todo colgando de un solo recorrido, cortar el tramo que sale del armario deja ciega la rama entera. Cerrar el camino en anillo, con dos rutas posibles, hace que la red se recomponga sola casi antes de que nadie lo note. No en todas partes: donde quedarse ciego una tarde cuesta dinero.
  • Cómo se reparten las direcciones. Cada cámara con la suya, siempre la misma, escrita y documentada. Cuando se reparten solas basta un corte de luz para que dos cámaras se cambien el sitio: las imágenes siguen llegando, pero lo que el grabador guarda como muelle de carga es el vestuario. Se descubre meses después, buscando otra cosa.
  • El enlace con la calle. Mirar las cámaras desde fuera o avisar a una central usa el sentido de subida de la conexión, que en casi todos los contratos es el pequeño: cien megas de bajada y diez de subida son diez para el vídeo. Y hay que decidir cómo se mira desde fuera — un túnel cifrado hasta la red de cámaras, no una cámara publicada en internet con su clave de fábrica.

Lo que no hacemos.

No metemos cámaras en la red de la empresa para ahorrarnos el switch. Hay instalaciones pequeñas donde compartirla es razonable si se separa bien el tráfico; lo que no hacemos es hacerlo por precio y no decirlo.

No dimensionamos con la media. Una red calculada con el caudal medio de las cámaras funciona de media. Las cosas que importan pasan de noche, con lluvia, con todo moviéndose y con alguien mirando en directo.

No dejamos una red sin documentar. Un armario con cuarenta cables iguales y sin etiquetar convierte cada avería de diez minutos en una avería de dos horas, y eso se paga durante años.

Y no somos los más baratos. La diferencia entre una red que aguanta y una que parece aguantar está en material que no se ve y en cálculo que no tiene unidades, y las dos cosas se pueden quitar de un presupuesto sin que se note hasta mucho después.

Cómo lo compruebas tú mismo.

Cinco cosas, sin conocimientos técnicos, en la instalación que ya tienes.

  • Abre el armario donde está el switch de las cámaras y toca el aire. Si está cerrado, caliente y con polvo, ahí hay un problema esperando al primer día de calor — y un switch que se asa no avisa, se reinicia.
  • Pregunta si las cámaras están en una red separada de los ordenadores. Si nadie lo sabe con seguridad, no lo están.
  • Pide la lista de qué cámara tiene qué dirección y en qué puerto de qué switch está enchufada. Si no existe, cada avería va a empezar por fabricarla.
  • Mira seguidas una grabación de la hora punta y otra de madrugada del mismo sitio. Si la de la hora punta va a saltos y la otra no, no es la cámara.
  • Pregunta qué pasa si se corta el cable que va al edificio de al lado. La respuesta tiene que ser una frase, no una cara.

Las veinte marcas con las que montamos red.

Y una cosa por delante, porque en redes es la que más importa: casi siempre ya hay un equipo de TI con criterio propio y con su marca. Llegar imponiendo la nuestra es la forma más rápida de atascar un proyecto — nos adaptamos a la red que hay, y cuando de verdad no se puede, se explica por qué.

Lo que preguntan sobre la red.

Las que más se repiten. Hay 28 sobre esto, y las otras 22 están en el índice de preguntas.

Todas las preguntas, por tema
¿Por qué al poner cámaras empezó a ir mal la red de la oficina?

Porque el vídeo no se parece a nada de lo que había antes en esa red. Una persona trabajando genera ráfagas: abre un correo, descarga un archivo y se queda diez minutos sin pedir nada. La red de una oficina está dimensionada para eso, mucha capacidad de punta y casi todo el tiempo vacía. Una cámara hace justo lo contrario: empieza a enviar el día que se enciende y no para, el mismo caudal, todas las horas, también de madrugada y también en agosto.

Y no es una. Son todas a la vez, en la misma dirección y hacia el mismo sitio, que es el grabador. Ahí es donde se estrecha el camino, y donde una red que parecía sobrada empieza a descartar paquetes.

Un paquete de vídeo que se descarta no se vuelve a pedir. Por eso el síntoma no es un mensaje de error, sino imagen a saltos y huecos en la grabación que nadie relaciona con la red.

Redes: por qué el vídeo la satura

¿Qué le pasa exactamente a una red normal cuando le enchufas cámaras?

Se degrada en vez de fallar, que es lo que la hace difícil de diagnosticar. Aguanta el día de la puesta en marcha, con veinte cámaras y nadie más trabajando. Empieza a ir justa el mes que se amplían a cuarenta, o a la hora en que arranca la copia de seguridad de la empresa, o el día de calor en que un switch metido en un armario cerrado se pone a cuarenta y cinco grados.

Mientras tanto no se enciende ninguna luz roja. El grabador no se queja, las cámaras están todas encendidas y nadie ha tocado nada. Se cambia la cámara y sigue igual; se cambia el grabador y sigue igual, porque el problema está en el camino entre las dos cosas.

La forma más rápida de confirmarlo sin aparatos es mirar seguidas una grabación de la hora punta y otra de madrugada del mismo sitio. Si la de la hora punta va a saltos y la otra no, no es la cámara.

Redes: por qué el vídeo la satura

¿Cuánto ancho de banda consume una cámara?

Depende de cuatro cosas, y se calcula antes de comprar nada: la resolución, los fotogramas por segundo, el códec con el que comprime y —la que más manda y menos se mira— lo que tiene delante. Con esas cuatro se estima; con la cámara puesta se mide, que es lo único que vale.

Un ejemplo, y es solo un ejemplo: una cámara de cuatro megapíxeles a doce imágenes por segundo comprimiendo en H.265, mirando un pasillo interior por el que casi no pasa nadie, puede moverse en el entorno de tres megabits por segundo. La misma cámara apuntando a un aparcamiento con árboles moviéndose de noche puede irse al triple, porque el compresor tiene que redibujar mucha más imagen. La cifra de tu instalación no es ninguna de las dos: es la que salga de tu escena.

Las hojas de características dan un máximo teórico o un valor medio de laboratorio, y con ninguno de los dos se dimensiona una red. Se dimensiona por el peor rato del día, que es de noche, con lluvia, con todo moviéndose y con alguien mirando en directo.

Redes: cómo se dimensiona para vídeo Cámaras: resolución y lo que consume cada una

¿Cómo se calcula el ancho de banda de toda la instalación?

Se suma el caudal de pico de cada cámara —no el medio— y se mira por dónde tiene que pasar esa suma. La cuenta se hace por tramos, no una vez: el enlace de subida de cada switch de acceso, el enlace entre armarios, el puerto por el que entra todo al grabador y la salida a internet si se mira desde fuera.

Un ejemplo con números de ejemplo: cuarenta cámaras a cuatro megabits por segundo de pico son ciento sesenta megabits constantes entrando por el puerto del grabador. Con un enlace de gigabit parece que sobra sitio, hasta que se añaden veinte cámaras, se sube la calidad de unas cuantas para leer matrículas y tres personas se ponen a mirar en directo, que es tráfico de salida además del de entrada.

El error clásico está en el tramo intermedio: un switch de veinticuatro puertos de gigabit con un solo enlace de gigabit hacia el armario principal puede recibir mucho más de lo que puede sacar. Con ordenadores no se nota, porque nadie trabaja a la vez. Con cámaras sí. Y a todo eso se le deja margen para las cámaras que van a llegar, porque siempre llegan.

Redes: cómo se dimensiona para vídeo Ingeniería: dimensionar antes de comprar

¿Qué cambia entre H.264 y H.265?

H.265 comprime bastante mejor: con la misma imagen y la misma escena puede moverse en el entorno de la mitad del caudal de H.264. Cuánto baje de verdad depende de lo que se esté grabando y de cómo esté configurada la cámara, así que es una estimación para el proyecto, no una promesa para el contrato.

Lo que cuesta es descomprimir. Un mosaico de dieciséis cámaras en H.265 pide más músculo en el puesto que mira y en el servidor que en H.264, y hay grabadores y clientes antiguos que directamente no lo reproducen. Por eso el códec no se elige mirando solo la cámara: se elige mirando la cadena entera.

Y casi todos los fabricantes tienen encima su propia compresión inteligente, que baja mucho el caudal en escenas quietas y casi nada en las movidas. Ayuda, pero conviene comprobar que el grabador la entiende y que no estropea la imagen justo cuando pasa algo, que es cuando hace falta.

Redes: cómo se dimensiona para vídeo Cámaras: compresión y calidad de imagen

¿Por qué dos cámaras del mismo modelo consumen distinto?

Por la escena. Un compresor de vídeo guarda sobre todo lo que cambia de una imagen a la siguiente: si no cambia nada, casi no genera datos; si cambia todo, genera muchísimos. Una cámara que mira una puerta cerrada y otra que mira un aparcamiento con árboles son el mismo aparato haciendo dos trabajos que no se parecen.

De ahí salen dos cosas que sorprenden. La primera es que las cámaras de exterior son casi siempre las caras en caudal. La segunda es que el pico llega de noche: con poca luz el sensor mete grano en la imagen, y el grano es cambio, así que el compresor lo trata como movimiento y engorda. La lluvia, la nieve y las hojas al viento hacen lo mismo.

Por eso una red calculada con el caudal medio de las cámaras funciona de media, y las cosas que importan no pasan de media.

Redes: por qué el vídeo la satura Cámaras: qué cambia según la escena

Empezar

¿Las imágenes van a saltos?

Cuéntanos cuántas cámaras hay, por dónde pasan, qué switches están puestos y a qué hora del día se nota el problema. Con eso podemos decirte si lo que falta es red o es otra cosa. Si es otra cosa, te lo decimos igual.