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Filosofía, valores y responsabilidad social

La filosofía de una empresa no se declara. Se comprueba.

Aquí no hay un apartado de «nuestra visión». Hay una lista de cosas que hacemos y de cosas que no hacemos, contadas de forma que puedas preguntar por cualquiera de ellas en la primera reunión y exigir un ejemplo.

Por qué aquí no hay una misión ni una visión.

El texto que había en esta página hasta ahora decía que nuestros valores son el compromiso, la integridad, el respeto y la responsabilidad, entre otros. No es mentira. El problema es que tampoco es información: esa misma frase está, palabra por palabra, en la web de la empresa que instala mal y en la de la que instala bien, y por eso no sirve para distinguir una de otra.

Lo que separa a dos empresas no son los valores que eligen, porque todo el mundo elige los mismos. Son las decisiones que toman el día que el valor cuesta dinero: cuando hay que decir que el proyecto no se puede hacer como lo ha pedido el cliente, o renunciar a un contrato porque va a salir mal.

Así que esto es una lista de decisiones, no de adjetivos. Son ocho, y todas se verifican igual: pregunta por una, pide un caso, y mira si la respuesta llega con nombres de cosas dentro —una cámara, una altura, una fecha— o se va otra vez a las palabras grandes.

Quiénes somos, y desde cuándo

1 · Se mira antes de decir nada.

Ninguna propuesta de esta casa sale de un plano y un catálogo.

Un plano dice dónde están las paredes. No dice que a las seis de la tarde el sol entra de frente por ese ventanal y esa cámara se queda cuarenta minutos sin ver nada, ni que el poste previsto tiene un camión aparcado encima, ni que la valla del fondo la cruzan gatos toda la noche y eso son seis avisos por turno. Sólo aparece si alguien va y mira.

Por eso el primer paso es siempre el mismo, y no cuesta nada: una visita, o para empezar una sola imagen de una cámara que ya tengas puesta. De ahí sale la primera respuesta. A veces es que sí y cómo; a veces es que esa cámara no da para lo que quieres y hay que moverla; y a veces es que lo que hace falta no es nuestro.

La consecuencia es que tardamos más en dar un número que quien lo da por teléfono. Un precio dado antes de mirar es un precio que se corrige en la obra, y corregirlo entonces lo paga casi siempre el cliente.

El patio de una terminal portuaria a mediodía. A la izquierda, una nave con la puerta abierta y una carretilla dentro; a la derecha, camiones cruzando, palés apilados y, al fondo, la grúa pórtico y un buque en el muelle. En el centro, al pie de un mástil con dos cámaras y su armario, dos técnicos con chaleco y casco miran hacia arriba mientras uno anota algo en una tableta.

2 · Lo que no se puede se dice antes de firmar.

No en la puesta en marcha. No el día del incidente.

Todo proyecto tiene una lista de cosas que no van a poder hacerse: esa cámara no va a leer matrículas desde ahí, ese pasillo no se cubre con un detector y hacen falta dos, esa zona de noche necesita luz y no hay, con ese ancho de banda no se puede sacar el vídeo en directo de las cuarenta a la vez. Esa lista existe siempre. La única diferencia entre proveedores es cuándo aparece.

Si aparece antes de firmar, es una decisión: se cambia el alcance, se cambia el presupuesto o se asume el límite sabiendo que está ahí. Si aparece en la puesta en marcha, es un problema y hay que buscar a alguien a quien cargárselo. Y si aparece el día del incidente, ya no es un problema técnico: es la diferencia entre tener la imagen que hacía falta y no tenerla.

Por eso los límites van en el documento del proyecto, con nombres: qué cubre cada cámara, qué no cubre, qué se ve de noche y con lluvia, y qué hay que volver a mirar dentro de un año. Leerlo es incómodo y es la parte más útil de lo que entregamos.

3 · No se promete lo que no se puede demostrar.

Ni cien por cien de precisión, ni ninguna de las otras dos frases de siempre.

Un sistema que mira imágenes se equivoca. Se equivoca menos o más según dónde esté la cámara, cómo esté la luz, qué haya delante y cómo esté ajustada la regla, pero se equivoca. Quien te diga que el suyo no falla nunca, o no ha puesto uno en producción, o te está contando el resultado de un laboratorio como si fuera el de tu nave.

Lo que sí se puede hacer es medir: cuántos avisos salieron, cuántos eran de verdad, a qué horas fallaba y por qué. Con eso se afina, y la conversación deja de ser si el sistema es bueno y pasa a ser si en tu escena está ya donde tiene que estar.

Y cuando algo está medido por alguien de fuera, se enseña. El conteo de personas está homologado ante el Centro Español de Metrología: lo dice un organismo que no vende el producto, y el alcance exacto de esa homologación está escrito. Cuando una cosa no está medida por un tercero lo decimos también, y entonces lo único honesto es una prueba pequeña en tu instalación.

Los certificados, uno por uno

4 · No trabajamos con todo el mundo.

Y no es una pose: es que un sistema montado para quien no lo quiere se apaga solo.

Un sistema de seguridad no se compra una vez: se mantiene durante años. El día de la entrega todo funciona, y eso no dice nada — lo que decide si dentro de tres años sigue sirviendo es si alguien de dentro lo usa, lo revisa y lo cambia cuando cambia el trabajo. Esa parte no la puede sostener el proveedor, por bueno que sea.

Así que lo pedimos explícitamente, y es lo único que pedimos: una persona con nombre que decida qué se vigila y a quién se avisa, que nos deje entrar a revisar cuando toca y que nos avise el mes que cambia la operación, no dos años después.

Cuando no la hay, el final es siempre igual: los avisos llegan a un correo que nadie abre, alguien los silencia para que dejen de molestar, al año siguiente el sistema es una línea de gasto que nadie defiende en el comité, y en la renovación se cambia por otro más barato que va a acabar exactamente igual.

Decirlo en la primera reunión ahorra tiempo a los dos. Y cuando la respuesta es que no somos nosotros, se dice ahí, con el motivo.

5 · No somos los más baratos y no vamos a serlo.

Conviene saberlo antes de pedir tres presupuestos y compararlos por el total.

Cuando una instalación de seguridad se compra por el precio por cámara, lo que se está comparando es el equipo, que es la parte que cuesta lo mismo en todas partes porque la fabrica el mismo fabricante. Lo que no aparece en ese número es el trabajo que hace que el equipo sirva: el proyecto que se hace antes, el ajuste que se hace después y el mantenimiento que se hace durante años.

Ese trabajo se puede quitar del presupuesto. Queda más barato y la instalación se enciende igual. La diferencia no se ve el primer día: se ve el día que hay que recuperar una imagen y resulta que esa zona no estaba cubierta, o que los días de grabación que se suponían no eran reales, o que la revisión anual era un informe de una línea que decía «instalación correcta».

No hacemos esa versión. Si el presupuesto tiene que entrar en un número cerrado, reducimos el alcance —menos cámaras, bien puestas— y no el trabajo de las que quedan.

6 · La cadena entera, en la misma casa.

Quien decide la altura del poste y quien decide qué se entiende de esa imagen se hablan antes de taladrar.

Lo normal en este oficio es que sean dos empresas, y que cada una responda de su mitad. El día que el sistema no ve lo que tenía que ver, las dos tienen razón: la instaladora dice que la cámara cumple la especificación y la de software dice que con esa imagen no se puede hacer lo que se pide. Las dos cosas son verdad y el problema sigue ahí.

Cuando están en la misma casa, el orden de las preguntas cambia. Antes de elegir el punto de una cámara ya está sobre la mesa qué va a tener que entenderse desde ahí: si algún día hay que leer una matrícula, contar personas o ver si alguien lleva el casco, eso condiciona la altura, el ángulo y la óptica, y sale en la visita técnica.

Lo que se gana no es velocidad: es que no hay que volver. Diez grados de inclinación decididos bien el primer día son gratis. Descubiertos dos años después, con la obra hecha y el falso techo cerrado, son una obra nueva.

7 · Se documenta para que sirva sin nosotros.

Si mañana cambias de proveedor, te llevas un sistema que se entiende. Es a propósito.

Hay una forma muy extendida de asegurarse un cliente, y es no dejar nada escrito. Las claves las tiene el técnico que lo montó, el esquema de la red está en su cabeza, las reglas se configuraron un martes y nadie apuntó por qué, y el plano de qué cámara cubre qué no existe. El cliente no está satisfecho: está atrapado, que es distinto y dura menos.

Nosotros entregamos lo contrario. El esquema de lo que hay y cómo está conectado. Qué cámara cubre qué zona y con qué límites. Las reglas activas, qué disparan y a quién avisan. Los plazos configurados y lo que ocupan. Los usuarios y qué puede hacer cada uno. Y las claves, que son tuyas.

Eso significa que puedes cambiar de proveedor sin empezar de cero, y sí, que puedes cambiarnos a nosotros. Es el precio correcto: preferimos que te quedes porque el sistema funciona que porque irte sea demasiado caro. Y el día que una inspección, un seguro o una auditoría pidan esa documentación, existe.

8 · Inteligencia artificial responsable. Y qué quiere decir eso.

«IA responsable» es hoy una de esas frases que valen para cualquiera. Así que aquí va desglosada en compromisos concretos, que es la única forma de que signifique algo.

Vendemos sistemas que miran a personas y sacan conclusiones de lo que ven, y eso tiene consecuencias reales: un aviso puede hacer que alguien vaya a hablar con un trabajador, que una puerta no se abra o que una grabación acabe en un expediente. Tratarlo como un detalle técnico es lo que hace que la gente desconfíe de esta tecnología, y con razón.

La decisión es de una persona.

El sistema detecta, mide y avisa. No sanciona, no acusa y no decide nada sobre nadie. Lo que llega al otro lado es una situación con su imagen, su hora y su contexto, y quien decide qué se hace es una persona con responsabilidad para hacerlo.

No es una cautela legal: es cómo están montados los sistemas. Cuando un cliente pide que una detección dispare sola una consecuencia sobre alguien —que se abra un parte, que se registre una falta— ahí se para la conversación y se habla de quién valida y con qué criterio. Porque el sistema se va a equivocar alguna vez, y si no hay nadie en medio, el error sale entero.

Los límites se cuentan antes que las capacidades.

En una demostración es muy fácil enseñar lo que el sistema hace bien. Lo que decide si un proyecto sale bien es lo otro: en qué condiciones falla, qué confunde con qué, qué le pasa con niebla, con contraluz, con una cámara a demasiada distancia o con un encuadre que no es el que necesita.

Así que eso va primero y va en la propuesta. Si una detección sólo aguanta en un rango de distancias, se dice el rango. Si necesita otra colocación de la cámara, se dice antes de venderla. Y si lo que se pide no está resuelto hoy, se dice.

Una precisión que no se puede demostrar no se afirma.

Un porcentaje de acierto sin decir en qué escena, con qué cámara, con cuántas horas de vídeo y contra qué se comparó, no es un dato: es una decoración. Y es una decoración peligrosa, porque el cliente la usa para decidir y después el número no se parece al que sale en su instalación.

Nuestra forma de dar un número es siempre la misma: medido en tu escena, durante un periodo, con la cámara en la posición en la que va a quedarse. Tarda más que enseñar una cifra de catálogo y es lo único que después se sostiene. Y cuando hay una medida hecha por un tercero, se cita con su alcance exacto y no más allá.

El dato mínimo, y nada más.

Una detección necesita ver para funcionar, pero casi nunca necesita guardar todo lo que ve. Contar cuántas personas pasan por un pasillo no requiere saber quiénes eran. Comprobar que alguien lleva el casco no requiere un registro nominal de quién no lo llevaba. Medir cuánto lleva un camión en el muelle no requiere identificar al conductor.

La regla es que se procese y se conserve lo que hace falta para la función pedida, y que el resto no se guarde. Se decide al diseñar, una por una, y es una conversación de protección de datos tanto como técnica: por eso tiene su propia página.

Nada que no se pueda explicar con palabras.

Si un responsable de seguridad no puede explicarle a su dirección por qué el sistema ha avisado, el sistema no sirve para decidir. Así que la regla tiene que poder contarse en una frase: «si alguien entra en esta zona entre estas horas, avisa a este turno». Y el aviso llega con la imagen, la hora, la cámara y la regla que lo ha disparado, no con un «se ha detectado una anomalía», que es lo que hace que nadie se fíe a la tercera vez.

Y quien lo maneja, formado.

Los equipos que desarrollan y los que operan estos sistemas se forman de manera continuada en las prácticas y los estándares de privacidad que les aplican. Es un compromiso que ya estaba en el texto anterior de esta página y se mantiene, porque es el que sostiene todos los demás: un sistema bien diseñado y mal operado acaba haciendo exactamente lo que se había decidido no hacer.

Y la del cliente también: la formación de quien va a mirar las pantallas y gestionar los avisos entra en el proyecto, no se deja para un manual en PDF.

Cómo se protege el dato en el sistema que instalamos

Y la parte que no se ve en una instalación.

Responsabilidad social, dicho con lo que hay escrito y firmado detrás.

Esto ocupaba media página en el texto anterior con las palabras más grandes posibles. Debajo había cosas concretas, así que se quedan y se cuentan sin esas palabras: son compromisos escritos, la mayoría verificables en un documento que se puede pedir.

Con quien trabaja aquí.

Los compromisos con el equipo están por escrito y son éstos: un entorno de trabajo seguro con las medidas de prevención de riesgos al día, desarrollo profesional con igualdad de oportunidades, remuneración justa y contratación indefinida siempre que sea posible, apoyo a la conciliación, no discriminación por ninguna condición personal, física o social, erradicación del trabajo forzoso e infantil y respeto a los derechos de las minorías.

La igualdad está integrada como política, con formación al personal y flexibilidad para conciliar. Y hay una razón práctica además de la correcta: un equipo que se parece demasiado entre sí toma peores decisiones sobre un sistema que va a mirar a todo tipo de personas.

La seguridad laboral, además, está certificada: la ISO 45001 obliga a que esto sea un sistema con registros y no una declaración, y a que los trabajadores participen. Lo revisa alguien de fuera.

El código de conducta, punto por punto.

Es el documento que marca cómo se trabaja aquí. Éstos son sus principios de actuación, tal cual:

  • Cumplimiento del código y de las leyes vigentes.
  • Actuación de buena fe, y comportamientos acordes con los principios éticos.
  • Prohibición de sobornos y de cualquier práctica de corrupción.
  • Compromiso de confidencialidad sobre la información a la que se accede.
  • Uso eficiente y protección del patrimonio de la empresa.
  • Rechazo de las conductas y los procedimientos contrarios a la competencia leal.
  • Protocolo de prevención y protección frente al acoso sexual.
  • Cumplimiento de la normativa fiscal, sin ocultar información relevante ni buscar beneficios fiscales indebidos.

Con el entorno.

La parte pequeña cuenta y se hace: ahorro de agua, reciclaje de papel y de plástico, y mejora de las instalaciones para que consuman menos. No es espectacular y es lo que está en nuestra mano todos los días.

La parte menos pequeña: plantación de árboles para compensar las emisiones de la actividad, y el compromiso de que la energía de la que dependen nuestros productos sea de origen renovable. El texto anterior de esta página ponía ahí un porcentaje; aquí va sin él, porque una cifra así se acredita con un contrato de suministro y no con un párrafo de web.

Con quien nos suministra.

Se da prioridad a proveedores locales cuando es posible. Y quien participa en una selección de proveedores tiene la obligación de actuar con imparcialidad, aplicando criterios de calidad y coste, para que su interés personal no entre en la decisión. Está en el código de conducta y es la línea que más se salta en este sector.

En el producto se nota en una cosa: trabajamos con varios fabricantes internacionales y no estamos casados con ninguno. Cuando un instalador sólo propone una marca, merece la pena preguntar si es la mejor para ese caso o la que le da margen.

Cómo comprobar todo esto.

Nada de lo anterior vale si no se puede verificar, así que hay tres formas. Una: pide los certificados. Los auditan entidades que no somos nosotros, y el alcance y la vigencia están en el documento que emiten ellas.

Dos: pide un problema parecido al tuyo y escucha si la respuesta lleva dentro una cámara, una altura y una fecha, o se queda en lo general. Tres: manda la imagen de una cámara tuya y mira qué te contestamos. No cuesta nada y es la prueba más rápida.

Empezar

Ponlo a prueba.

Cuéntanos un problema concreto, o mándanos la imagen de una cámara que ya tengas. Te contestamos con lo que se puede hacer, lo que no, y qué habría que mirar antes de responder al resto.