Saltar al contenido

WestPoint · Redes · APC by Schneider Electric

La grabación no sobrevive al corte por casualidad.

Alimentación ininterrumpida, distribución y armario. Es la única de esta lista que no mueve un paquete, y la que decide si el vídeo de una tarde sigue existiendo mañana.

Esto es energía, no red.

Sistemas de alimentación ininterrumpida —lo que todo el mundo llama SAI—, regletas de distribución, armarios y lo que permite vigilarlos a distancia. Está en la lista de redes porque sin ella la red es un adorno caro.

El trabajo de un SAI parece obvio y no lo es. Lo que hace no es «que no se vaya la luz»: es dar un rato de corriente. Qué se hace con ese rato es la decisión de ingeniería, y hay dos respuestas válidas y una inválida. Válidas: aguantar hasta que arranque un generador, o apagar el sistema de forma ordenada antes de quedarse sin batería. Inválida: esperar a que vuelva la luz, porque eso no depende de ti.

En una instalación de vídeo esto pesa más que en casi cualquier otra, por una razón sencilla: un corte de luz no es el momento en que menos falta hace la grabación. Los cortes se concentran en tormentas, en averías y a veces en un acto deliberado, y son justo los ratos en los que luego alguien va a pedir las imágenes. Un sistema de vídeo que se apaga con la luz no tiene un hueco: tiene el hueco.

La autonomía, que nunca es la que dice la caja.

Aquí está la cuenta que decide si esto sirve, y casi nunca se hace bien.

Los minutos de la ficha se miden con una carga concreta, que suele ser una fracción de lo que el aparato puede dar. La pregunta útil es cuántos minutos da con TU carga, y la relación no es proporcional: el doble de carga da bastante menos de la mitad de tiempo, así que la intuición engaña hacia el lado malo.

Y hay una sorpresa en qué es «tu carga». En el armario de una instalación de vídeo lo que más consume no suele ser el servidor de grabación: son los switches que alimentan las cámaras, y cuarenta cámaras con calefactor en una noche de helada piden su máximo justo cuando peor viene. Dimensionar el SAI mirando sólo el servidor es el error más común de todos.

Y la autonomía baja con los años: el SAI que el primer año daba de sobra puede estar dando la mitad sin que nadie haya cambiado nada. Así que la cuenta se hace al revés: primero cuánto tiempo hace falta y para qué, después el consumo real del armario, y por último el equipo con margen. Si el número sale justo el día de la instalación, está mal.

Qué se enchufa y qué no.

Cada cosa que se cuelga del SAI acorta la autonomía de todas las demás. Así que la lista se escribe, y se respeta.

Lo que va: el servidor o grabador, el almacenamiento, los switches que alimentan las cámaras que de verdad importan y —esto se olvida la mitad de las veces— todo lo que está en el camino hacia fuera. Un grabador vivo con el router muerto no puede avisar a nadie, así que el equipo de comunicaciones y el transmisor de alarmas van dentro.

Lo que no va: los monitores del puesto, la impresora, el cargador del portátil de alguien, un ventilador, una estufa, y en general cualquier cosa con motor o con resistencia. Cada vatio que se enchufa ahí se resta de los minutos que tendrá el grabador, y un monitor grande colgado «porque había un enchufe libre» puede llevarse una parte apreciable de la autonomía del armario entero.

No es una regla teórica: es el hallazgo más frecuente cuando revisamos una instalación ajena. Por eso la lista de lo conectado se deja pegada por dentro de la puerta del armario, en papel y con fecha, donde la va a ver quien vaya a enchufar algo.

Y un aviso aparte: si el SAI ya existe y alimenta otras cosas de la empresa, la autonomía del vídeo depende de decisiones que toma otro departamento. Un SAI compartido sin acuerdo escrito no es un SAI para el vídeo.

El apagado ordenado, que es la parte que nadie compra.

Un servidor de grabación que se corta en seco pierde bastante más que unos minutos.

Si la batería se agota y el servidor se apaga de golpe, pasan tres cosas y ninguna es buena. El índice de la grabación —lo que sabe qué hay grabado y dónde— puede quedarse a medio escribir, y un índice inconsistente es vídeo que está en el disco y no se encuentra. El sistema de ficheros necesita comprobarse al arrancar, y en un conjunto de discos grande eso puede durar mucho, y durante ese tiempo no se graba. Y lo que la controladora de discos tenía pendiente de escribir se pierde.

La diferencia entre eso y un apagado ordenado es un cable y un rato de configuración: el SAI tiene que poder decirle al servidor que está tirando de batería, y el servidor tiene que apagarse él solo cuando queden unos minutos de reserva. Con eso, un corte largo es un apagado limpio y un arranque normal: se pierde el vídeo del rato sin corriente, que es inevitable, y nada más.

Esa pieza es de las más baratas del proyecto y la que falta más veces, casi siempre por la misma razón: el SAI lo montó el electricista, el servidor lo montó el informático, y el cable que los une no era de ninguno de los dos.

Y hay que probarlo quitando la corriente de verdad: que el servidor se apague cuando debe y que al volver la luz arranque solo y vuelva a grabar sin que nadie toque nada. Eso último suspende más instalaciones de las que parece, porque muchos servidores se quedan apagados esperando a que alguien pulse un botón el lunes.

El mantenimiento: las baterías se agotan.

Un SAI sin revisar es un adorno que además informa de que todo va bien.

Las baterías son piezas de desgaste. No fallan de golpe: van perdiendo capacidad, y pierden más rápido cuanto más calor hace donde están —el mismo armario caliente que castiga a los switches—. El resultado es un equipo que dice estar bien, porque mientras hay corriente de la calle nada delata el problema, y que el día que se le piden diez minutos da cuarenta segundos.

Por eso la prueba de carga no es opcional: quitar la corriente de verdad, con la instalación funcionando, medir cuánto aguanta y anotarlo con la fecha. Dos pruebas separadas por un año dicen más sobre las baterías que cualquier indicador del panel. Y el recambio se planifica: es una línea del presupuesto de mantenimiento, no una incidencia.

Lo que sí ayuda es la parte de vigilancia: una tarjeta de gestión que pone el SAI en la red y permite que avise —se ha ido la luz, está en batería, la batería está para cambiar—. Esos avisos se llevan al mismo sitio donde llegan los del sistema de seguridad, para que los vea quien está de guardia y no un buzón que nadie abre. Y una sonda de temperatura en el armario es la pieza más barata de la instalación y la que avisa del problema que se come los switches y las baterías a la vez.

Dónde encaja bien.

En todas las instalaciones, con tamaños muy distintos. El debate no es si hace falta.

En el armario del grabador, siempre, sea la instalación grande o pequeña. En los armarios intermedios que alimentan cámaras cuando esas cámaras tienen que seguir viendo durante un corte —y eso depende de para qué están—. En el camino hacia fuera, para que la capacidad de avisar sobreviva. Y en el armario donde vive el enlace entre edificios.

Y encaja la parte que no es el SAI y que se olvida: una regleta de armario con medición dice cuánto consume de verdad ese armario, que es el dato con el que se dimensiona todo lo demás.

Dónde no lo pondríamos, y qué no es un SAI.

Cuatro confusiones que cuestan dinero.

Un SAI no es un generador: da minutos, no horas. Donde la grabación tiene que continuar durante un corte largo, la respuesta es un grupo electrógeno y el SAI pasa a cubrir el hueco hasta que el grupo arranca. Vender autonomía de horas a base de baterías es caro, pesado y casi siempre una mala idea.

Un SAI no es la protección eléctrica del edificio. Ayuda con los altibajos de la red, pero la protección contra sobretensiones es trabajo de electricista, y en instalaciones con cámaras en el exterior es imprescindible: la tormenta que se lleva los equipos casi nunca entra por el enchufe, entra por el cable de red que viene de fuera.

Un SAI de sobremesa no es el SAI de un armario con un servidor de grabación y switches: da unos minutos con una carga pequeña, no tiene forma de avisar al servidor y sus baterías se agotan antes. Lo hemos encontrado más de una vez. Y no lo pondríamos sin la cuenta de autonomía, sin la lista de lo que se conecta y sin el apagado ordenado probado. Un SAI puesto sin esas tres cosas es un gasto que da tranquilidad y no da grabación, que es la peor combinación posible.

Lo que decide el proyecto de verdad.

Cinco cosas, y sólo una es elegir aparato.

  • Para qué son los minutos: aguantar hasta el generador, o apagar de forma ordenada. Son dos diseños distintos y hay que elegir uno.
  • El consumo real del armario, medido y con las cámaras a pleno en invierno, contando los switches, que suelen consumir más que el servidor.
  • La lista escrita de lo que se conecta y lo que no, pegada por dentro de la puerta del armario y con fecha.
  • La cadena de apagado: cable o tarjeta del SAI, servicio configurado en el servidor y arranque automático al volver la luz. Probado quitando la corriente de verdad.
  • Quién hace la prueba de carga, cada cuánto, y quién paga las baterías cuando toque. Si esto no tiene nombre y fecha, no va a pasar.

Quién lo administra cuando nos vamos.

Buena parte sí, y la frontera aquí no es informática: es eléctrica.

El equipo de TI del cliente lleva sin problema la parte que se ve desde la red: leer el estado del SAI, recibir sus avisos, ver el consumo de las regletas, apagar un enchufe a distancia, mirar la sonda de temperatura. Les dejamos la consola, su cuenta con su contraseña y los avisos dirigidos a donde quieran. La sustitución de baterías también se queda en casa, con el calendario que entregamos: qué equipos hay, con qué baterías y cuándo toca mirarlas.

La frontera está en tres cosas que no son de consola. La cuenta de autonomía cuando se añade carga, porque cada cámara y cada switch nuevo cambian los minutos y eso se recalcula, no se estima a ojo. La cadena de apagado ordenado, porque tocarla mal deja un sistema que parece protegido y se corta en seco. Y todo lo que está antes del enchufe —cuadro, protecciones, puesta a tierra—, que es trabajo de electricista con su firma.

Y si ya trabajáis con otra marca de SAI y tenéis contrato de mantenimiento, no hay nada que cambiar. En energía, más incluso que en red, la marca decide poco: deciden la cuenta de autonomía, la lista de lo conectado, el apagado ordenado probado y el calendario de baterías. Eso lo hacemos sobre el equipo que ya tienes, y si no da los minutos que hacen falta, te decimos cuántos da y con qué medida, y antes de firmar.

Lo que se decide antes de elegir marca

Dónde seguir.

La energía del armario se proyecta con la red y con el vídeo, no después. De lo que se decide antes habla el área.

Empezar

¿Sabes cuántos minutos aguanta tu grabador?

Cuéntanos qué hay conectado al SAI, cuántas cámaras alimentan los switches del armario, cuándo se probó por última vez quitando la corriente y si el servidor se apaga solo cuando se acaba la batería. Con eso te decimos qué autonomía tienes de verdad y qué falta para que una tormenta no se lleve una tarde de grabación.