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WestPoint · Control de accesos

La tarjeta que se presta. El Excel que nadie ha actualizado.

Quién entra, dónde, cuándo — y que quede constancia de las tres cosas. Proyecto, equipos, instalación y mantenimiento de control de accesos, pensado junto con las cámaras, la alarma y la detección de incendios.

La pregunta que rompe el sistema.

«¿Quién entró en esa sala el jueves por la tarde?»

Es la pregunta que llega después de una pérdida pequeña, de una fuga de información o de un accidente, y es la que enseña si hay un control de accesos o sólo puertas que abren. En muchas instalaciones la respuesta honesta es que entró una tarjeta. De quién era esa tarjeta ese jueves es otra conversación.

Porque el sistema que se montó estaba bien y lo que se ha degradado es todo lo demás. Las tarjetas se prestan para que el de mantenimiento no tenga que bajar dos plantas. Los mandos del aparcamiento se pierden y se entregan otros sin dar de baja el anterior. La lista de quién tiene qué la llevaba una persona en una hoja de cálculo y esa persona ya no trabaja aquí. Y hay gente que se fue hace un año cuya credencial sigue abriendo, porque dar de baja a alguien no estaba en el procedimiento de nadie.

Nada de eso es un fallo de los aparatos. Es lo que pasa cuando se instala un control de accesos y no se diseña cómo va a gobernarse.

Tres cosas a la vez, y la tercera es la que falta.

Un control de accesos tiene que hacer tres cosas al mismo tiempo: abrir para quien debe, no abrir para quien no debe y dejar constancia de las dos. Las dos primeras las hace cualquier instalación el día que se enciende. La tercera es la que sirve cuando hay que responder ante alguien de fuera, y es la única que se cae sola si nadie la mantiene.

Dejar constancia no es guardar un registro: es que ese registro se pueda leer y se pueda defender. Que cada credencial esté a nombre de una persona y no de un puesto. Que las altas y las bajas pasen por el mismo sitio por el que pasan las de personal. Que se sepa quién dio permiso a quién y cuándo. Y que se pueda sacar el listado de un día concreto en un minuto, sin llamar al instalador.

Un pequeño recinto de empresas visto desde el aire, con el suelo del jardín central abierto como una maqueta. Bajo la hierba hay una sala con dos armarios de equipos, y de ella salen cables azules que recorren el terreno hasta cada puerta: la entrada acristalada del fondo, el muelle de la nave de la derecha, una puerta de servicio a la izquierda y la barrera del aparcamiento. En cada punto, una persona se acerca a un lector.

Lo que se decide en el proyecto.

Aquí las decisiones no son de marca. Son de cómo trabaja la gente que va a pasar por esas puertas todos los días.

  • Con qué se identifica cada persona. Tarjeta, móvil, código, huella — y cada una con su contrapartida: la tarjeta se presta, el código se dice, el móvil se queda sin batería y la huella no funciona con guantes ni con las manos de quien trabaja con las manos. Casi siempre la respuesta es distinta en la puerta de calle y en la sala de servidores.
  • Qué puertas se controlan de verdad. Controlar la principal y dejar la de carga abierta toda la mañana es montar un sistema que registra a las personas que iban a pasar de todas formas.
  • Qué pasa al salir. Si sólo se lee a la entrada, el sistema no sabe quién está dentro. Eso hace falta el día de una evacuación, y ese día no se puede configurar.
  • Horarios y excepciones, con quien los va a usar delante. La lista de perfiles que se escribe en una reunión y la realidad de una fábrica a las siete de la mañana no se parecen, y el sistema que no admite la realidad acaba con la puerta calzada con un extintor.
  • Cómo se gobierna el día a día: quién da de alta, quién da de baja, en cuánto tiempo y quién lo revisa. Un control de accesos sin este párrafo escrito se degrada en un año, sea de la marca que sea y lo monte quien lo monte.

Qué hace la puerta cuando se va la luz.

Es la decisión más importante de esta área, y casi nunca la toma quien debería tomarla.

Una puerta controlada se puede quedar de dos maneras cuando desaparece la corriente o se cae la red: abierta o cerrada. Las dos son correctas y las dos son peligrosas, según qué puerta sea. Si se queda cerrada, puede haber alguien dentro que no pueda salir. Si se queda abierta, el almacén pasa la noche abierto.

No es una decisión de instalador: es una decisión de seguridad, puerta por puerta, que se toma con el responsable del sitio y se deja escrita. Y tiene que ir coordinada con la detección de incendios, porque el día que salta hay puertas que tienen que abrirse solas y otras que no.

Lo mismo con el respaldo: cuánto aguanta el sistema sin corriente, si cubre sólo la electrónica o también las cerraduras, y qué se hace pasado ese tiempo. Un control de accesos que no sobrevive a un corte de dos horas protege los días buenos.

La biometría no es la respuesta por defecto.

Se vende como el paso natural —una huella no se presta— y a veces es exactamente lo que hace falta. Pero una huella o una cara son datos personales de una clase especial, y usarlos hay que poder justificarlo: por qué no basta una tarjeta en esa puerta concreta, qué se guarda, dónde, cuánto tiempo y qué alternativa tiene quien no quiere dar su huella.

Eso no es un trámite del final: es parte del proyecto, y se resuelve mucho mejor antes de comprar los lectores que después de haberlos puesto en la pared. Cuando la justificación no se sostiene, lo honesto es decirlo y proponer otra cosa, aunque el equipo biométrico se facture mejor.

Y hay una consecuencia práctica que conviene saber: en una puerta por la que pasan doscientas personas en diez minutos, el tiempo de lectura importa más que la tecnología. Hay sitios donde la biometría no falla por precisión. Falla por cola.

Solo, sirve para la mitad.

Un acceso denegado a las cuatro de la mañana, en un sistema montado a trozos, es una línea en un registro que no va a leer nadie. En un sistema pensado enciende la cámara de esa puerta, guarda la imagen junto al intento, avisa a quien está de guardia y le deja ver qué pasa antes de decidir.

Funciona igual en la otra dirección: la alarma de intrusión tiene que saber quién ha entrado con una credencial válida para no saltar, y la detección de incendios tiene que poder liberar las puertas que toque sin que nadie vaya corriendo a desarmar nada.

Esto es lo que no sale cuando cada cosa la monta un proveedor distinto. No porque ninguno lo haga mal, sino porque nadie tenía el encargo de pensar las tres juntas.

El acceso principal de un edificio de oficinas, visto desde arriba a media mañana. Desde la acera de la izquierda, la gente sube por la escalera hasta un vestíbulo acristalado con mostrador y una hilera de tornos. A la derecha, una mujer pasa su tarjeta ante el ascensor y un coche baja por la rampa del aparcamiento, con la barrera levantada. Arriba, tras una puerta, la sala de servidores. Una línea azul une los lectores con un armario central.

Cómo sabes si funciona.

Cinco comprobaciones que puede hacer cualquiera, sin saber de seguridad, el mes siguiente a la entrega.

  • Pide el listado de credenciales activas y busca tres nombres de gente que ya no trabaja aquí. Si aparecen, el sistema está instalado pero no está gobernado.
  • Pide quién entró en una sala concreta un día concreto. Tiene que salir en un minuto, con nombres, y sin llamar a nadie de fuera.
  • Quita la corriente de una puerta y mira qué hace. Lo que haga tiene que coincidir con lo que está escrito en el proyecto para esa puerta.
  • Intenta pasar con la credencial de otra persona. Tiene que quedar rastro de eso en algún sitio: un registro, un aviso o una imagen.
  • Pregunta cuánto tarda en quedarse sin acceso alguien a quien se despide hoy. Si la respuesta no es «el mismo día» y no hay un procedimiento detrás, la puerta más importante está abierta.

Lo que no hacemos.

No montamos un control de accesos sin que haya alguien dentro encargado de las altas y las bajas. Es lo que hace que el sistema siga sirviendo dentro de un año, y cuando no existe lo decimos antes de presupuestar en vez de entregarlo y verlo degradarse con nuestro nombre puesto.

No ponemos biometría porque quede mejor en la oferta. Si esa puerta se resuelve con una tarjeta y un procedimiento decente, se resuelve con eso.

No nos quedamos las claves de administrador. Si un cliente quiere cambiar de proveedor, tiene que poder hacerlo sin pedirnos permiso. Hay bastante instalación ahí fuera secuestrada por una contraseña que nadie quiso dar.

Las veinte plataformas con las que trabajamos.

Un integrador de accesos se elige, entre otras cosas, por con qué plataformas sabe trabajar: quien tiene una desplegada en cinco sedes no busca «un instalador», busca a alguien que la haya tocado. Cada una con qué es, para quién encaja, para quién NO, y quién puede administrarla después de que nos vayamos.

Lo que preguntan sobre los accesos.

Las que más se repiten. Hay 40 sobre esto, y las otras 34 están en el índice de preguntas.

Todas las preguntas, por tema
¿Con qué es mejor identificar a la gente: tarjeta, llavero, móvil, PIN o huella?

Depende de qué se pierde si esa credencial acaba en las manos equivocadas, y casi nunca es la misma respuesta en la puerta de calle que en la sala de servidores. La pregunta útil no es cuál es la mejor tecnología, sino qué pasa el día que alguien la usa sin ser quien debe.

Cada una tiene su contrapartida y conviene decirla entera. La tarjeta y el llavero se prestan y se pierden, y son lo más cómodo y lo más barato de reponer. El PIN se puede decir por teléfono, así que lo sabe más gente de la que figura. El móvil no se presta casi nunca porque nadie deja su teléfono, y se queda sin batería. La huella no se presta y a cambio arrastra un problema legal serio y no funciona con guantes ni con manos muy trabajadas. La matrícula identifica al coche, no al conductor.

La regla que funciona es más aburrida que la tecnología: una credencial por persona, a nombre de esa persona, y dos factores solo en las puertas donde el riesgo lo justifique. Lo que hemos visto desde 2006 es que estos sistemas rara vez fallan por la tecnología de la credencial. Fallan porque nadie da de baja.

Control de accesos: qué credencial en cada puerta

¿Cómo evito que la gente se preste las tarjetas?

Del todo no se evita: una tarjeta es un objeto y los objetos se pasan de mano. Lo que sí se puede es que prestarla deje de ser cómodo y que deje rastro.

Lo que se pone: lectura obligatoria también a la salida y antipassback, para que la misma credencial no pueda entrar dos veces sin haber salido; un molinete o un pasillo que solo deje pasar a una persona; la foto de quien pasa en la pantalla del puesto de control; la imagen de la cámara de esa puerta guardada junto al evento; y un segundo factor en las puertas que lo merecen, porque un PIN o una huella no se prestan con la tarjeta.

Y la parte que no es técnica, que suele ser la causa: si la gente se presta tarjetas es casi siempre porque el sistema le estorba. Alguien necesita entrar a un sitio a las seis de la mañana y no tiene permiso, así que pide la tarjeta del que lo tiene. Antes de perseguir el préstamo conviene revisar los permisos, porque si el motivo sigue ahí, la costumbre vuelve.

Control de accesos: qué credencial en cada puerta Alarmas verificadas con el vídeo del momento

¿Merece la pena usar el móvil como credencial?

Merece la pena donde haya que dar y quitar accesos a distancia y con prisa. Un proveedor que viene el sábado recibe su credencial por correo el viernes por la tarde y nadie tiene que esperarle con una tarjeta en la mano; el lunes caduca sola.

Las contrapartidas hay que contarlas antes: la batería, el cambio de terminal, y sobre todo que no se puede obligar a nadie a instalar una aplicación de la empresa en su teléfono personal, así que siempre tiene que haber alternativa. En obra, con guantes o con las manos ocupadas, sacar el móvil es peor que pasar una tarjeta. Y casi todas las plataformas cobran la credencial móvil por usuario y por año, que es un coste que no tiene la tarjeta.

Hay un detalle técnico que decide mucho: si la lectura es por proximidad corta hay que acercar el teléfono, como una tarjeta, y si es por radio de más alcance se puede abrir desde varios metros. Lo segundo se vende muy bien y abre puertas que no deberían abrirse, porque el sistema no sabe si quien pulsa está delante de la puerta o pasando por el pasillo. En la práctica el móvil convive con la tarjeta, no la sustituye.

Brivo Access: accesos en la nube y móvil Control de accesos: qué credencial en cada puerta

¿Vale un teclado con PIN para controlar una puerta?

Como credencial única, solo en puertas de riesgo bajo. El PIN es lo único que se puede transmitir por teléfono, por escrito o a voces desde el otro lado del pasillo, y eso hace que acabe sabiéndolo más gente de la que consta en el sistema.

Sus otros dos problemas son que no caduca solo y que no identifica: si el código de una sala lo comparten seis personas, el registro dice que entró el código, no quién. Si se usa, tiene que ser un PIN por persona y con cambio programado, no un código de zona escrito en un papel dentro del cuadro eléctrico.

Donde el PIN es muy útil es como segundo factor. Tarjeta sola en horario laboral, y tarjeta más PIN fuera de horario o en la puerta del almacén: se gana mucho sin cambiar de credencial ni comprar lectores biométricos. Y conviene mirar el teclado: los que tapan la vista lateral y los que barajan la posición de los números evitan que el de la cola aprenda el código por repetición.

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¿Se puede abrir la barrera leyendo la matrícula?

Sí, y en aparcamientos de empresa funciona bien porque el conductor no tiene que bajar la ventanilla ni buscar nada. Lo que hay que tener claro es que la matrícula identifica al coche y no a la persona que va dentro.

Para que lea de verdad hacen falta cosas concretas: una cámara dedicada a eso con su propia iluminación infrarroja, el ángulo y la distancia calculados para ese carril, un carril por cámara, y una decisión escrita sobre los casos raros — matrículas extranjeras, placas sucias o dobladas, motos sin placa delantera, remolques, vehículos de sustitución. Y siempre una segunda forma de entrar cuando la lectura falla: interfono con el puesto de control, tarjeta de largo alcance o mando.

Hay una parte de protección de datos que conviene resolver en el proyecto: una matrícula asociada a una persona es un dato personal. Eso obliga a informar, a fijar cuánto se conserva el paso y a no reutilizar esos registros para otra cosa distinta de la que se informó, como controlar a qué hora llega cada uno.

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¿Qué hago cuando alguien pierde la tarjeta o se la deja en casa?

Dar de baja la perdida el mismo día y emitir otra; y para el olvido, una credencial temporal que caduque sola al final de la jornada. Las dos cosas tienen que estar escritas en un procedimiento, porque son las dos que más se improvisan.

Lo que no puede pasar es entregar una nueva sin dar de baja la anterior. Así es como se llega a un listado con más credenciales activas que personas, y a mandos de aparcamiento que abren desde hace años sin que nadie sepa de quién son. La otra costumbre que hay que cortar es la tarjeta de préstamo de recepción, esa que lleva media década pasando de mano en mano y que en el registro figura siempre como la misma persona.

Es además la mejor medida de salud del sistema: pide el listado de credenciales activas y cuenta cuántas no tienen un nombre detrás. Ese número dice más del estado del control de accesos que cualquier informe.

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Empezar

¿Sabes quién puede abrir hoy?

Si la respuesta tarda más de un minuto, ahí hay trabajo. Cuéntanos cuántas puertas hay, qué sistema está puesto y cómo se gestionan las altas y las bajas, y te decimos qué se arregla configurando y qué hay que cambiar de verdad.