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WestPoint · Accesos · OnGuard

OnGuard no abre mejor la puerta. Contesta mejor después.

Una de las plataformas grandes: servidor propio, base de datos de verdad y varias sedes gobernadas con las mismas reglas. Lo que se decide el día que se instala se arrastra durante años.

Qué es OnGuard, si no la has visto nunca.

LenelS2 · OnGuard — Enterprise e infraestructuras críticas. Y en la práctica eso significa lo siguiente.

Un control de accesos grande tiene dos mitades. En la pared hay cajas con electrónica, las controladoras: leen el lector, miran su copia de la lista y deciden en décimas de segundo si el cerrojo se suelta. Encima hay un software, y ahí es donde existen de verdad las personas, los horarios, los permisos por zona y el registro de lo que ha pasado. OnGuard es esa mitad de arriba.

Por eso su trabajo no se nota el día de la puesta en marcha: abrir una puerta lo hace cualquier sistema. Lo que hace una plataforma de esta clase es contestar «quién entró en esa sala el jueves por la tarde» con nombres y en un minuto, retirar el acceso a cuarenta personas de una contrata en una tarde, y que una credencial signifique lo mismo en dos sedes distintas.

Uno se la encuentra donde pasa mucha gente y alguien de fuera pregunta: hospitales, plantas farmacéuticas, empresas de servicio público, aeropuertos, universidades, sedes con varios edificios. Sitios donde el problema no es la puerta: es la lista de quién puede abrirla y quién responde de ella.

Cómo está construida.

Arquitectura clásica de servidor propio, y conviene saber qué implica antes de firmarla.

Debajo hay un servidor Windows y una base de datos SQL con todo dentro: personas, credenciales, permisos, horarios e historial. Un servicio aparte habla por red con las controladoras, y de cada controladora salen buses a las placas que mandan sobre los lectores. Esa división permite repartir las piezas en máquinas distintas cuando la instalación crece, y permite también que un error de dimensionado se note años después en forma de informes que tardan un minuto en salir.

La pregunta que casi nadie hace es qué pasa cuando se corta la red a un edificio. La controladora sigue decidiendo sola, con la copia que tiene bajada, y guarda los eventos hasta que vuelva la línea. Pero esa memoria es finita: hay un límite de cuántas personas caben y de cuántos eventos se almacenan antes de perder los más antiguos. Con miles de personas, eso obliga a decidir qué credenciales se bajan a qué controladora. Es diseño, no un ajuste.

De credencial admite casi todo: proximidad antigua, tarjeta cifrada, móvil, código y lectores biométricos colgados como lectores normales. Y hay una elección que se olvida y se paga: si el lector habla con la controladora en el protocolo antiguo, que no se puede cifrar ni supervisar —nadie se entera si alguien desconecta el lector y pincha el cable—, o en el moderno, que sí. Cambiarlo después es volver a abrir la pared.

Lo que se decide al instalarla y se paga tres años después.

Lo primero es si el sistema se divide. OnGuard puede partirse para que cada sede, o cada empresa de un edificio compartido, vea sólo su gente y sus puertas. Decidirlo al principio cuesta una reunión. Decidirlo cuando la base de datos ya tiene cinco años de personas dentro es otro proyecto, con su parada y su revisión de todos los permisos.

Lo segundo es más tonto y hace más daño: cómo se nombran los permisos. El primer día hay doce niveles de acceso con nombres claros. A los tres años hay cuatrocientos, porque cada excepción —un proveedor que entra un sábado, un becario que necesita el laboratorio dos semanas— se resolvió creando uno nuevo. Ese sistema ya no se puede auditar: nadie sabe qué abre cada nivel sin abrirlo. La regla de quién puede crear niveles vale más que media configuración.

Para quién encaja, y para quién no.

Nadie tiene todas las respuestas buenas, y ésta tampoco.

Encaja con muchas puertas repartidas en varios sitios, gente entrando y saliendo todas las semanas, un sistema de personal con el que merece la pena sincronizar las altas y las bajas, y alguien de fuera que pide de vez en cuando la lista de quién tenía acceso a qué. Y encaja cuando hace falta repartir la administración: que cada responsable gestione los permisos de su zona sin poder tocar nada del sistema.

No encaja en ocho puertas, un edificio y una plantilla que apenas cambia. Funcionaría, pero pagas servidor, base de datos, mantenimiento anual y curva de aprendizaje para usar una parte pequeña, y la administración diaria te parecerá pesada porque está pensada para una instalación diez veces mayor. Ahí hay plataformas que hacen ese trabajo con mucho menos aparato, y decirlo es parte del trabajo.

Qué hacemos nosotros con ella.

Siempre el mismo orden: primero las decisiones, después los equipos, y las pruebas escritas antes de montar.

  • El modelo, que es lo primero y no los aparatos. Cómo se llaman las zonas y los permisos, qué significa cada nivel de acceso en palabras del cliente, cuántas excepciones tolera esa empresa. De aquí sale un documento de una página que gobierna todo lo demás.
  • La sincronización con el sistema de personal: qué campo manda, qué pasa cuando alguien cambia de departamento y en cuántos minutos deja de abrir quien hoy causa baja. Sin esto las bajas las hace una persona a mano, y se olvidan.
  • La carga inicial, que es donde aparece la suciedad del sistema viejo: duplicados, tarjetas sin dueño, gente que se fue. Se limpia antes de entrar, porque después ya es histórico.
  • Las pruebas, escritas antes y firmadas: cada puerta en los dos sentidos, corte de corriente por controladora, corte de red por edificio, liberación por incendio, y el cliente sacando con sus manos el informe de quién entró en una sala un día concreto. Esa última la suspende más instalación de la que parece.
  • La documentación: mapa de controladoras y lectoras con direcciones, matriz de permisos, procedimiento de altas y bajas, y restauración de la copia de seguridad probada de verdad. Con las claves de administrador a nombre del cliente.

Quién la configura cuando nos vamos.

La pregunta es si el día a día lo puede llevar tu gente. Depende de qué se cambie.

El día a día sí, y además debería. Alta de una persona, retirada de acceso, cambio de horario, un proveedor que entra el sábado, imprimir una tarjeta: eso lo lleva el equipo de seguridad o el de informática del cliente sin llamar a nadie. OnGuard tiene administración delegada para eso —un responsable de planta da permisos sobre sus zonas sin ver ni tocar el resto del sistema— y casi siempre está sin usar.

Lo estructural no. Añadir una puerta, cambiar el cableado de un bus, tocar la integración con el vídeo, modificar qué hacen las puertas ante un incendio, subir de versión: eso es de quien conoce la instalación, y hecho a medias deja el sistema funcionando y mintiendo. El caso fronterizo es crear niveles de acceso nuevos: que lo haga el cliente, pero con la regla de nombres escrita, porque es por donde se degradan estas instalaciones.

Y lo que decide si de verdad pueden no es la plataforma: es lo que se les entrega. El documento del modelo, una cuenta de administrador propia con su contraseña y no la nuestra, y formación por papeles en vez de una sesión general —quien da altas necesita un par de horas y un procedimiento de una página; quien saca informes para una auditoría necesita otra sesión distinta—. Sin eso la pueden usar y no la van a usar: van a llamar, y con el tiempo van a dejar de llamar.

Venir de otro sistema, y poder irse de éste.

Buena parte de la electrónica de pared de la gama alta viene de una familia de controladoras que varias plataformas comparten. Según lo que haya puesto, una migración puede conservar controladoras, placas de lectora y todo el cableado de campo, y cambiar sólo la cabecera. Hay que comprobarlo equipo por equipo antes de prometerlo, pero cuando se puede, convierte el presupuesto de un proyecto en el de una actualización.

Lectores y cables suelen sobrevivir. Las credenciales dependen de dos cosas: que los lectores nuevos lean esa tecnología de tarjeta y que el número que guardaba el sistema viejo se pueda importar tal cual. Aquí está la trampa que más retrasos provoca: el número impreso en la tarjeta casi nunca es el que el sistema almacena, y entre uno y otro hay un formato, un código de instalación y a veces una conversión que nadie documentó. Se resuelve leyendo tarjetas reales en la visita, no en una hoja de cálculo.

Lo que se decide antes de elegir plataforma

Dónde seguir.

Antes de comparar plataformas conviene tener decidido qué se le pide al control de accesos. De eso habla el área.

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¿Tienes OnGuard puesto?

Cuéntanos cuántas puertas hay, en cuántas sedes, qué controladoras están en la pared y cómo se gestionan hoy las altas y las bajas. Con eso te decimos qué se arregla configurando, qué hay que cambiar de verdad y qué puede llevar tu equipo sin nosotros.