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WestPoint · Ingeniería de sistemas

El proyecto es la mitad del trabajo. Y la que no se ve.

Antes de comprar un solo equipo hay que decidir qué se protege, de qué, quién recibe el aviso y qué pasa cuando se va la luz. Esa parte no se factura por unidades, no aparece en el presupuesto y es la que decide si la instalación sigue sirviendo dentro de cinco años.

Un presupuesto no es un proyecto.

Y la diferencia se nota tarde, que es exactamente lo que la hace cara.

Casi todo el que nos llama ha recibido antes el mismo documento: dos folios, una lista de material con cantidades, un precio al final y una página de logotipos de clientes. Ese papel no dice dónde va cada cámara, ni por qué ahí, ni qué se ve desde ahí a las once de la noche. Dice cuánto cuesta el material más un margen.

Con ese papel se firma igual, se monta igual y se enciende igual. El día de la puesta en marcha todo funciona: las imágenes llegan, las puertas abren, la alarma suena cuando se la prueba. Nadie se entera de que hay un hueco, porque un hueco no da error.

Se entera dos años después, cuando hay que sacar de la grabación la cara de alguien y resulta que esa cámara nunca dio para eso. O cuando salta la alarma de verdad y el aviso fue a un buzón de correo que ya no lee nadie. Entonces la conversación deja de ser técnica y pasa a ser de quién tuvo la culpa, y ya no hay forma de arreglarlo sin volver a abrir las paredes.

Proyectar es decidir, no dibujar.

Un plano con iconos de cámara no es un proyecto. El proyecto son las decisiones que hay detrás de cada icono.

La primera no es técnica: qué hay que proteger y de qué. No es lo mismo proteger un almacén del robo nocturno que proteger una planta de que alguien entre en una zona donde puede perder una mano. No es lo mismo querer saber que pasó algo que querer poder demostrarlo ante un juzgado o ante un seguro. Cada una de esas respuestas lleva a un sistema distinto, y cuando nadie hace la pregunta, el sistema que sale es el que el catálogo tenía más a mano.

La segunda es qué se espera de cada punto. Una cámara puede servir para tres cosas muy distintas: ver que hay alguien, reconocer a una persona que ya conoces o identificar a un desconocido. Las tres necesitan una cantidad de detalle distinta sobre la misma cara, y por tanto otra óptica, otra distancia y otra altura. Pedirle la tercera a una cámara montada para la primera no es un ajuste: es otra cámara en otro sitio.

Y la tercera es qué pasa cuando algo falla, porque algo va a fallar. Se va la luz, se cae la red, se rompe un disco, alguien corta un cable a propósito. Un proyecto dice qué sigue funcionando en cada uno de esos casos y qué no, y eso se decide con el cliente delante, no improvisando el día del montaje.

Un recinto de empresas visto desde el aire a mediodía, con el mar y un puerto deportivo al fondo. A la izquierda, el edificio de oficinas acristalado con placas solares en la cubierta; a la derecha, la nave con sus muelles de carga y camiones; en medio, el aparcamiento y la barrera de entrada. Sobre todo ello, conos azules de visión, marcas en cada puerta y una línea roja que recorre la valla, con una leyenda arriba.

En qué orden se hace.

Siempre el mismo, y la visita va primero. Proyectar desde un plano y una lista de necesidades dictada por teléfono es adivinar con buena letra.

  • La visita. Se recorre el sitio entero, y de noche también si el sistema va a trabajar de noche. Dónde da el sol a las ocho y dónde a las seis de la tarde, qué se mueve con el viento, qué tapa un camión cuando aparca, por dónde se entra de verdad cuando no mira nadie.
  • Las zonas y los riesgos. Qué hay que proteger, con qué prioridad y en qué horario. La misma puerta puede ser un paso libre a las diez de la mañana y una intrusión a las diez de la noche.
  • Lo que ya hay puesto. Qué equipos sirven, qué se puede reaprovechar y qué no. Reaprovechar un cable bueno es ahorro; reaprovechar un grabador que no da es aplazar el problema y cobrarlo dos veces.
  • El diseño, punto por punto. Cada cámara, cada detector, cada lector: dónde, a qué altura, con qué ángulo, qué ve y qué no ve. Con el cálculo detrás, no a ojo.
  • La fontanería, que es donde fallan los sistemas grandes. Por dónde va el cable, qué armario lo recoge, de dónde sale la corriente, cuánto aguanta el respaldo y cómo se separa todo esto de la red por la que trabaja la empresa.
  • Las pruebas, escritas antes de montar. Qué se va a comprobar en la entrega, punto por punto, y qué resultado cuenta como correcto. Unas pruebas escritas después se escriben para que las pase lo que se montó.
  • La documentación y el plan de mantenimiento. Lo que queda cuando nos vamos, y el calendario de lo que hay que hacer para que dentro de cinco años esto siga sirviendo.

Cuatro decisiones que parecen menores.

Ninguna de las cuatro tiene una línea en el presupuesto. Las cuatro deciden si la instalación aguanta.

La altura del poste

Tres metros y medio está fuera del alcance de un palo y dentro del alcance de la escalera del de mantenimiento. Más arriba, la cámara mira coronillas y deja de reconocer caras. Más abajo, la primera discusión en el aparcamiento acaba con ella girada. Es un número que se decide una vez, en el proyecto, y se discute entonces.

De dónde sale la corriente

Un sistema de seguridad que se apaga con la luz protege en horario de oficina. Lo que se decide aquí es qué aguanta el respaldo y cuánto tiempo: si sólo la alarma, si también la grabación, si también las puertas. Cada respuesta cuesta distinto, y hay que elegirla en vez de heredarla de lo que venía en la caja.

Por qué red va

Meter doscientas cámaras en la misma red por la que trabaja la empresa sale gratis el primer día. Después, el día que alguien entra por una cámara, ha entrado en todo. Separar las dos cosas es una decisión de proyecto y se toma antes de tirar el primer cable, no cuando ya están tirados.

Quién recibe el aviso

Es la decisión que más sistemas inutiliza. Una alarma que va a un correo genérico, al móvil de alguien que ya no trabaja aquí o a una central que no tiene instrucciones de qué hacer es una alarma que no existe. Hay que escribir quién, en qué orden y qué hace cada uno, y volver a mirarlo cuando cambia la gente.

Qué queda en tus manos cuando terminamos.

Esto hay que exigírselo a cualquiera, nosotros incluidos. Lo que no se entrega convierte una instalación tuya en una instalación de tu proveedor.

  • La memoria del proyecto: qué se protege, de qué, con qué criterio y por qué se eligió cada cosa. Sirve para que dentro de cinco años alguien entienda las decisiones sin tener que llamarnos.
  • Los planos de lo que hay, no los del proyecto. Con lo que se movió durante la obra, que siempre se mueve algo.
  • Los esquemas de la instalación: armarios, líneas, alimentación, red y direcciones. Es lo que va a mirar quien venga después a ampliar o a arreglar.
  • La lista de material con marca, modelo y número de serie de cada equipo y dónde está puesto. Sin esto, un recambio se busca desmontando.
  • El acta de pruebas: qué se probó, cuándo, con qué resultado y quién lo firmó. Punto por punto, no un resumen de una línea.
  • La formación de quien lo va a usar, y por escrito para el que entre después. Un sistema que sólo sabe manejar una persona se rompe el día que esa persona se va de vacaciones.
  • El plan de mantenimiento con fechas: qué se revisa, cada cuánto, quién lo firma y qué informe sale de cada revisión.
  • Las claves y los accesos de administrador, a nombre del cliente. Parece obvio y es el sitio donde más gente se queda atrapada con su proveedor sin haberlo decidido.

Cómo sabes si está bien hecho.

No hace falta entender de seguridad. Hacen falta cinco preguntas, y se le pueden hacer a cualquier proveedor antes de firmar. A nosotros también.

  • «Enséñame qué se ve desde esta cámara a las once de la noche.» No una imagen de catálogo: ésta, de noche, con esta luz. Si la respuesta es que ya se verá en la puesta en marcha, el encuadre no está proyectado.
  • «¿Qué pasa si corto este cable?» Un sistema pensado lo detecta y avisa. Uno montado se queda ciego en silencio, y nadie se entera hasta que hace falta la imagen.
  • «¿Quién recibe este aviso a las cuatro de la mañana, y qué hace?» Si no hay un nombre y una instrucción escrita, no hay sistema: hay aparatos.
  • «¿Puedo ver el acta de pruebas?» Tiene que existir, con fecha y punto por punto. Si la entrega fue una firma en una hoja, no se probó todo.
  • «Si mañana cambio de proveedor, ¿puedo?» Las claves, la documentación y las licencias tienen que estar a tu nombre. Si no lo están, no has comprado un sistema: has contratado una dependencia.

Lo que no hacemos.

No proyectamos sobre un plano sin ir al sitio. Se puede, se hace mucho y sale más barato; también es la forma más fiable de descubrir en el montaje que la cámara del plano mira a un pilar.

No dimensionamos hacia abajo para encajar en un precio. Si lo que hay que proteger necesita doce puntos y el presupuesto da para ocho, lo honesto es decir qué queda sin cubrir y que lo decida el cliente. Lo otro —repartir ocho cámaras por doce sitios— se entrega igual de bien y lo que entrega es una sensación.

No firmamos un proyecto que después no podamos documentar. Un sistema que funciona pero no se puede justificar ante una inspección o ante un seguro sirve para la mitad de las cosas por las que se compró, y eso se descubre el día que hace falta el papel.

Y no somos los más baratos, ni lo vamos a ser. La mitad de lo que cobramos es esta parte, la que no tiene unidades. Quien compare por precio por cámara nos va a ver caros, y en su comparación tiene razón.

Lo que preguntan antes de empezar.

Las que más se repiten. Hay 28 sobre esto, y las otras 22 están en el índice de preguntas.

Todas las preguntas, por tema
¿Qué diferencia hay entre un proyecto de seguridad y un presupuesto?

Un presupuesto dice cuánto cuesta el material; un proyecto dice qué hay que proteger, de qué, dónde va cada elemento y por qué ahí. El documento que ha recibido antes casi todo el que nos llama son dos folios: una lista de material con cantidades, un precio al final y una página de logotipos. Con ese papel no se puede saber qué se ve desde esa cámara a las once de la noche, ni quién recibe el aviso a las cuatro de la mañana, ni qué sigue funcionando cuando se va la luz.

La diferencia no se nota el día de la puesta en marcha, y eso es lo que la hace cara. Todo funciona: las imágenes llegan, las puertas abren, la alarma suena cuando se la prueba. Un hueco no da error. Se nota dos años después, cuando hay que sacar de una grabación la cara de alguien y resulta que esa cámara nunca dio para eso.

Un proyecto se reconoce en que se puede discutir antes de comprar nada. Si un documento no permite estar en desacuerdo con una decisión concreta —esta altura, este encuadre, este tiempo de respaldo—, es que dentro no hay decisiones.

Cómo se proyecta antes de comprar nada Por qué preferimos decir que no

¿Me obliga la ley a tener proyecto o me vale con una oferta?

Depende de qué instalación sea y de en qué obra. En protección contra incendios, el RIPCI exige que la instalación se respalde con un proyecto o con una documentación técnica firmada por técnico competente y que la ejecute una empresa instaladora habilitada; el alcance de ese documento cambia según la obra vaya por el Código Técnico, por el reglamento de establecimientos industriales o sea una instalación aislada en un edificio existente. En obra nueva, además, la protección contra incendios va dentro del proyecto de edificación.

En seguridad electrónica —cámaras, accesos, intrusión— no siempre hay una obligación formal de proyecto, y por eso se firma tanto con dos folios. Las obligaciones llegan por otro lado: quien instala un sistema conectado a una central receptora de alarmas tiene que ser una empresa de seguridad inscrita en el registro que corresponde, y el tratamiento de las imágenes tiene las suyas propias. Son datos comprobables y conviene pedirlos antes de firmar, a cualquiera.

Nuestra postura no depende de si la ley lo pide en ese caso: no firmamos una instalación que después no podamos documentar. Un sistema que funciona pero no se puede justificar ante una inspección o ante un seguro sirve para la mitad de las cosas por las que se compró, y eso se descubre el día que hace falta el papel.

Qué exige el RIPCI en detección de incendios Los papeles que se pueden pedir Qué lleva dentro un proyecto de seguridad

¿Qué es el análisis de riesgo y quién lo decide?

Es la primera conversación y no es técnica: qué hay que proteger, de qué y qué pasa si falla. No es lo mismo proteger un almacén del robo nocturno que proteger una planta de que alguien entre en una zona donde puede perder una mano. No es lo mismo querer enterarse de que pasó algo que necesitar demostrarlo ante un juzgado o ante un seguro. Cada una de esas respuestas lleva a un sistema distinto.

Lo decide el cliente, y no es una fórmula de cortesía. Nosotros ponemos las preguntas, la experiencia de por dónde se entra de verdad y las consecuencias de cada opción; la prioridad entre lo que se protege primero y lo que se acepta como riesgo asumido es una decisión de negocio y la firma quien responde del negocio.

Lo que sí es nuestro es que esa decisión quede escrita. Un análisis de riesgo que vive en la cabeza de dos personas se pierde en el primer cambio de responsable, y entonces nadie sabe por qué la cámara del muelle está donde está ni por qué el almacén se dejó fuera.

Con qué criterio se decide qué se protege Qué defendemos cuando decide el cliente

¿Y si el presupuesto no llega para todo lo que dice el proyecto?

Se dice qué queda sin cubrir y lo decide el cliente. Si lo que hay que proteger necesita doce puntos y el dinero da para ocho, lo honesto es señalar los cuatro que faltan, qué pasa si entra alguien por ahí y en qué orden conviene añadirlos. Lo otro —repartir ocho cámaras por doce sitios para que el plano parezca lleno— se entrega igual de bien y lo que entrega es una sensación.

Casi siempre hay una forma de dividirlo en fases que no arruina el resultado: dejar la canalización, la alimentación y la electrónica preparadas para lo que vendrá y comprar los equipos después. Eso cuesta poco durante la obra y muchísimo cuando hay que volver a abrir techos.

Y hay una línea donde no hacemos eso, que es incendios. Poner menos detectores de los que dice el proyecto, dejar el almacén del fondo para más adelante o entregar sin probar la instalación entera traslada el riesgo al cliente sin que el cliente se entere, con nuestra firma debajo. Preferimos perder el trabajo completo, y lo hemos perdido.

Por qué preferimos perder el trabajo Dónde no cabe recortar en incendios

¿En qué consiste la visita técnica y cuánto dura?

En recorrer el sitio entero con quien va a proyectar, no con un comercial. Se mira dónde da el sol a las ocho de la mañana y dónde a las seis de la tarde, qué se mueve con el viento, qué tapa un camión cuando aparca, por dónde se entra de verdad cuando no mira nadie, de dónde sale la corriente y por dónde puede ir un cable sin picar media pared. Y se mira lo que ya está puesto, en qué estado y con qué documentación.

Dura lo que dure el sitio. Una nave con dos accesos se ve en una mañana; un edificio en uso, con varias plantas, turnos distintos e instalaciones de tres épocas, no. Lo que no se hace es proyectar desde un plano y una lista de necesidades dictada por teléfono: es la forma más fiable de descubrir en el montaje que la cámara del plano mira a un pilar.

De la visita sale también una lista de preguntas, no sólo medidas. Quién abre por las mañanas, quién se queda el último, qué pasa cuando viene el camión de la basura, quién tiene llave del cuarto técnico. Ahí está la mitad de lo que hay que saber, y no se ve en ninguna pared.

Pedir una visita técnica al sitio Qué se mira antes de proyectar

¿La visita cuesta dinero?

Hay que separar dos cosas. La visita de reconocimiento —ver la instalación, entender qué se quiere y poder decir si esto lo hacemos nosotros o si lo que necesitas es otra cosa— forma parte de dar un precio y no se cobra aparte. El proyecto es otra cosa: es trabajo de ingeniería, ocupa días y se factura como lo que es.

Regalar el proyecto tiene una consecuencia conocida y es la que ha llenado el sector de documentos de dos folios: si no se cobra, se cobra dentro del material, y entonces el proyecto se hace en la medida en que ayude a vender material. La mitad de lo que cuesta una instalación bien hecha es esta parte, la que no tiene unidades.

Cómo se trata el importe del proyecto si después ejecutamos nosotros se acuerda por escrito antes de empezar. Y si el cliente decide llevárselo a otra empresa, se lo lleva: lo ha pagado, es suyo, con sus planos y sus cálculos.

Concertar la visita de reconocimiento Qué se paga cuando se paga un proyecto

Empezar

¿Nos cuentas qué hay que proteger?

Con saber qué instalación es, de qué hay que protegerla, qué hay puesto ya y con qué plazos, podemos decirte en la primera conversación si esto lo hacemos nosotros o si lo que necesitas es otra cosa. Lo segundo pasa, y se dice entonces y no tres reuniones después.