Lo primero, lo que sí es verdad. Y después los cuatro sitios donde la frase se rompe, que son los cuatro que aparecen en una migración real.
Verdad: la lista de dispositivos llega a modelos que otras plataformas ya han dejado atrás, el analógico entra por codificador, ONVIF cubre el resto y un servidor modesto hace el trabajo. Eso permite entrar sin derribar, y permite hacerlo por fases con el presupuesto de cada año.
Primer límite, y es absoluto: las grabaciones antiguas no migran. Ni aquí ni en ninguna plataforma de esta lista, diga lo que diga quien te lo venda. Se deja el sistema viejo en sólo lectura hasta que caduque su retención, o se exporta lo imprescindible en un formato que se abra sin su programa dentro de dos años. Esa convivencia cuesta espacio, licencias y horas, y va en el presupuesto desde el primer día.
Segundo: conservar la cámara no conserva la imagen. Una cámara analógica a través de un codificador da exactamente la imagen que daba: no se lee una matrícula que no se leía, ni una cara. El codificador es un puente para que esa cámara siga en el sistema mientras se sustituye, no una mejora — y además consume su licencia de canal como cualquier otra.
Tercero: «soportado» tiene grados, y el folleto los junta. ONVIF significa que se ve y se graba. Las funciones propias de la cámara —sus metadatos de analítica, sus posiciones, su doble flujo configurado desde el software— piden un controlador específico para ese modelo y ese firmware. Y una cámara que ya no recibe firmware es un problema de seguridad en tu red, la vea el VMS o no.
Cuarto: los sistemas heredados de otras marcas se miran uno a uno. Qué equipo, qué versión, qué funciones viajan y quién mantiene ese conector. Se verifica antes de la oferta, no después de firmarla, porque es el punto exacto donde una transición tranquila se convierte en una sustitución no presupuestada.
Y la conclusión incómoda, que es la parte que hace útil esta página: a veces la respuesta honesta después del inventario es que media instalación se tiene que ir. Decirlo antes de firmar es la diferencia entre una transición y una sorpresa, y lo decimos aunque estropee la oferta — también la nuestra.