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WestPoint · Software de vídeo · Hanwha Vision · Wisenet WAVE

El software de quien hace las cámaras. Y eso se nota en todo.

WAVE es el software de vídeo de Hanwha Vision, la casa de las cámaras Wisenet. Se monta en una tarde, encuentra las cámaras solo y aprovecha lo que esas cámaras traen dentro. Lo que hay que entender antes de firmar es qué pasa el día que entra una cámara de otra marca.

Qué es, y qué problema resuelve.

El hueco que ocupa: vídeo bien gestionado en varias naves o varios edificios sin montar un departamento para mantenerlo.

Hay un tamaño de instalación —sesenta, ciento veinte, trescientas cámaras en unas cuantas ubicaciones— al que el software de gran proyecto le sobra por todos lados: servidor de gestión, base de datos, directorio de usuarios y semanas de puesta en marcha que se pagan igual y no se usan.

WAVE está en el otro lado: un servicio por máquina, un cliente que encuentra el servidor solo y varios servidores unidos en un sistema único donde el operador abre una cámara sin saber en qué máquina está grabada.

Y hay un dato que explica por qué se comporta así, que no es un secreto y que conviene tener: debajo está la plataforma de Network Optix, la misma que se vende como Nx Witness. Hanwha pone encima su capa para sus cámaras. Lo que se gana es una base madura y muy probada; lo que hay que saber es que comparar WAVE con Nx no es comparar dos arquitecturas distintas, es comparar dos condiciones comerciales y dos grados de integración con las cámaras de la propia casa.

Cómo está construido.

Seis cosas que deciden el dimensionado, y una de ellas decide además la migración.

  • No hay servidor central del que dependa todo: cada servidor guarda la configuración y puede atender al cliente, así que si se apaga el que usas entras por otro. Eso quita de encima el punto único de fallo que otras plataformas resuelven con un clúster y su licencia.
  • Se crece añadiendo máquinas y fusionando sistemas: se monta cada sede completa y después se suma, compartiendo usuarios, permisos y vistas. Si una máquina cae, otra recoge sus cámaras — con el disco y la capacidad calculados antes para lo suyo y para lo ajeno, que es la parte que no sale sola.
  • La grabación va a discos locales, cabina o NAS, con un almacenamiento de respaldo aparte. Y el ajuste que más retención decide no es el disco: es grabar siempre el flujo pequeño y el grande sólo cuando hay movimiento. Convierte días en semanas y el precio es detalle en las horas en que no pasó nada.
  • El archivo queda atado al servidor que lo escribió. Se descubre tarde y tiene una consecuencia muy concreta: puedes mover una cámara a otra máquina, su histórico se queda donde estaba. Juntar tres servidores en uno obliga a mantener los viejos encendidos o a exportar, y ese tiempo se presupuesta.
  • Su nube es la puerta, no el almacén: sirve para entrar desde fuera sin abrir puertos y para que un usuario entre con su cuenta. El vídeo se queda en tu disco. Lo que sí sale de casa son las cuentas y los datos de conexión, que son datos personales aunque no sean vídeo — y se puede trabajar sin nube, con usuarios locales y VPN, y entonces el acceso remoto es trabajo de TI.
  • Accesos e intrusión se integran, no vienen dentro: la central avisa, WAVE marca el vídeo, lo abre en la pantalla del operador y graba a máxima calidad. El límite es claro y hay que decirlo — la tarjeta, el titular y el informe de auditoría siguen viviendo en la otra plataforma. Y hay kit de desarrollo e interfaz de programación, heredados de la base; qué integración concreta está soportada en esta marca se pregunta al fabricante por escrito.

Todo de una marca: qué se gana y qué se pierde.

Las dos cosas son ciertas y ninguna está en el folleto entera. Conviene tenerlas juntas antes de decidir el parque de cámaras, porque esa decisión es la que manda.

Lo que se gana, y es real: las cámaras de la casa llevan la analítica dentro y mandan al software lo que han visto —qué tipo de objeto, con qué características, el mejor fotograma—, así que la búsqueda del día siguiente se hace sobre eso y no sobre píxeles. Eso no se añade: viene con la cámara.

Se gana también la parte aburrida y la que más horas ahorra a los dos años: el firmware, las contraseñas y los certificados de ciento cincuenta cámaras de una sola marca se gestionan en una tarde. Con cuatro marcas es un proyecto, y por eso en la práctica no se hace.

Y se gana un solo teléfono. Cuando una cámara no se ve, no hay que averiguar de quién es el problema: cámara y software responden en la misma casa, y en una avería de frontera eso son días.

Lo que se pierde empieza el día que entra una cámara de otro fabricante, y pasa más de lo que se planifica: un punto que pide una óptica que esta marca no tiene, una térmica, un edificio que se compra con cámaras puestas. Por ONVIF entra, se ve y se graba. Lo que no entra es lo que justificaba la compra: su analítica a bordo, sus descripciones de escena y la mitad de su configuración desde el software.

El resultado es un sistema con dos clases de cámara, y el operador lo nota — no porque vaya peor, sino porque la búsqueda encuentra en media instalación. Se vive con eso, pero se decide antes y no se descubre en el segundo año.

Y hasta dónde llega el soporte de terceros de verdad: la lista de compatibilidad es larga y dice «se ve y se graba». No dice con qué funciones, ni con qué firmware, ni quién mantiene ese controlador. Eso se comprueba con el modelo exacto en una maqueta, antes de prometer nada — y si no se ha comprobado, la respuesta honesta es «todavía no lo sé».

Las cámaras de esta casa

La licencia, y qué llega el tercer año.

Por canal y perpetua: una licencia por cámara, se compra una vez y se queda en el sistema. Añadir veinte cámaras es comprar veinte, sin escalones de precio, lo cual es fácil de presupuestar y fácil de explicar a compras.

Hay una vía que cambia la cuenta y hay que mirarla: algunos grabadores de la marca llevan el software dentro y vienen con licencias de canal incluidas. Cuántas, de qué tipo y con qué límites depende del modelo exacto, así que eso se pide por escrito y no se supone — es la diferencia entre dos ofertas que parecían iguales.

El mantenimiento del software se renueva aparte. No renovarlo no apaga nada: te deja en la versión que tenías. El problema llega por otro lado, y es el mismo en todas las plataformas de esta lista: las cámaras que compres dentro de tres años necesitan un controlador que viene en versiones nuevas. Quedarse quieto es quedarse sin poder comprar cámaras modernas.

Y al crecer, lo que hay que mirar no es la licencia: es la máquina. Grabar y mirar son cargas distintas. Un servidor que graba ciento veinte cámaras sin sudar se ahoga con seis operadores abriendo mosaicos de dieciséis, y eso no se arregla con disco.

Para quién encaja y para quién no.

La pregunta que decide no es el tamaño. Es de quién van a ser las cámaras dentro de cinco años.

Encaja si…

Vas a poner cámaras de esta marca y quieres la búsqueda sobre lo que han visto desde el primer día. Si tienes varias sedes de tamaño medio y un equipo de TI que ya mantiene servidores. Y si valoras que la puesta en marcha sea una tarde y no un proyecto: en una instalación de ese tamaño eso es dinero de verdad.

No encaja si…

Tienes doscientas cámaras de otras marcas que funcionan y no se van a cambiar: sobre ONVIF pagas una plataforma y dejas fuera lo que la hace interesante. Si el pliego pide vídeo y accesos en la misma plataforma con titular de tarjeta e informe de auditoría. O si hay que federar cientos de sedes con procedimientos certificados.

El caso que hay que pensar dos veces

El parque mixto al que alguien le ha dicho que «es compatible con todo». Lo es para ver y grabar, y eso puede bastar. Lo que no vale es descubrirlo cuando el operador pregunta por qué la búsqueda no encuentra nada en el ala nueva. La maqueta con los modelos reales se hace antes, y es media jornada.

Qué hacemos nosotros.

Diseño, dimensionado, implantación, puesta en marcha, migración y mantenimiento. Dicho así no dice nada, así que aquí está en decisiones concretas.

  • El dimensionado escrito: cuántos servidores, cuánto disco y cuántos días de retención reales con la configuración que se entrega —doble flujo incluido—, no con la del folleto. Se entrega el cálculo, no el total, para que se pueda discutir.
  • La red antes del software: vídeo separado de la red de la empresa, armarios, alimentación, respaldo y por dónde pasa el tráfico en la hora en que todo el mundo está mirando.
  • La maqueta con las cámaras que de verdad hay, de todas las marcas que haya, comprobando qué funciones llegan y qué funciones no. Es la prueba que convierte «es compatible» en una lista, y la hacemos aunque estropee nuestra propia oferta.
  • La implantación: un sistema por sede y la fusión después, permisos por perfil y no por persona, y la recuperación ante fallo probada apagando una máquina delante del cliente. Un sistema que se vende redundante y al que nadie ha apagado un servidor no está probado, está configurado.
  • Las reglas, que es donde esto deja de ser un grabador: qué evento abre qué cámara, quién recibe el aviso a las cuatro de la mañana y qué se graba a máxima calidad. Con la integración de accesos o intrusión probada provocando el evento en el sistema real.
  • La migración y el mantenimiento: convivencia con lo viejo unas semanas, exportación de lo que haya que conservar antes de apagarlo, y después discos, versiones, encuadres, retención medida de verdad y aviso cuando una cámara deja de grabar. Un sistema de vídeo se degrada en silencio.

Quién lo opera después.

Se reparte bien entre dos equipos. El reparto se decide antes de la entrega: después se decide solo, y suele decidirse mal.

  • TI se queda máquinas, discos, copias, cuentas, actualizaciones y la red de cámaras. Es un servicio sobre Windows o Linux, así que quien ya mantiene servidores no aprende nada extraño — y eso es una ventaja real para un departamento de dos personas.
  • Y se queda una tarea que aquí es suya y en otras plataformas no existe: la gestión del parque de cámaras. Firmware, contraseñas y certificados de una sola marca son una tarea de TI perfectamente normal, y si nadie la asume el parque envejece con la contraseña de fábrica.
  • Seguridad se queda vistas, marcadores, búsquedas, alarmas y exportación. Quién puede sacar imágenes, con qué autorización y qué queda registrado es una decisión de protección de datos y de criterio, no de informática: en manos de TI se resuelve por lo que es más fácil de configurar.
  • Lo que no se deja en el uso diario: la retención y la calidad de grabación. Son dos casillas y mueven terabytes, así que ese acceso se limita por escrito y con nombres, no con una costumbre.
  • Al integrador le exige poco de instalación y bastante de reglas, de API y de saber qué cámara trae qué. Montar esto es fácil, y por eso hay instalaciones de WAVE que son un grabador caro: lo que lo convierte en sistema está en la parte que no se ve.
  • Formación en dos niveles: media jornada para quien mira, busca y exporta —y para saber qué hacer cuando una imagen no aparece—, y una sesión técnica con TI sobre arquitectura, copias y qué hacer cuando un servidor no vuelve. Documentación: esquema de servidores y qué cámara graba en cuál, tabla de qué analítica trae cada modelo, cálculo de retención, reglas en lenguaje normal y las claves de administrador a nombre del cliente.

Analítica: qué trae, qué se le añade y dónde está el techo.

Aquí la analítica no se compra aparte: llega dentro de las cámaras. Eso tiene una ventaja grande y un límite muy concreto.

Lo que trae: las cámaras de la casa clasifican lo que ven y mandan esa descripción junto al vídeo, así que el software puede buscar después sobre lo grabado sin volver a analizarlo —una persona, un vehículo, un color, el mejor fotograma de cada aparición—. No hay servidor de analítica que dimensionar ni cuota por cámara analizada. Es la función que más tiempo ahorra y la que menos se usa, porque nadie la enseñó.

Lo que se le añade: analíticas de servidor y complementos de terceros que entran por el kit de metadatos y caen en la misma línea de tiempo; matrículas, conteo, objeto abandonado. Con la advertencia de siempre: cada añadido es otro fabricante, otra licencia y otra versión que tiene que cuadrar.

El techo, y conviene decirlo claro porque la demostración es buena: esto contesta «qué hay» y «dónde más ha aparecido esto». No contesta «qué está pasando aquí». Encuentra a una persona con chaqueta roja; no entiende que esa persona está forzando algo en vez de usarlo. Pedírselo acaba en reglas cada vez más complicadas que alguien desactiva un martes.

Y toca decir de dónde venimos, porque lo que sigue es una recomendación con parte interesada: en la misma casa está IRIS Neural, el NVMS de Infinity Neural, la otra empresa del grupo. Es producto nuestro, lo hacemos nosotros, y preferimos que lo sepas leyendo esta línea y no averiguándolo después.

En muchas instalaciones conviven, y con esta plataforma la convivencia es de las fáciles porque los flujos son accesibles: WAVE gobierna cámaras, grabación, permisos y retención; IRIS aporta la comprensión de la escena, mirando la misma imagen sin duplicar cámaras ni sacar vídeo de la instalación.

Y el cierre honesto: si lo que hace falta es encontrar rápido a alguien en el vídeo de ayer, eso ya lo hacen tus cámaras y el software que viene con ellas. Entonces WAVE basta, no hay que comprar nada más, y lo decimos.

Qué es IRIS Neural

Empezar

¿De qué marca van a ser tus cámaras?

Es la pregunta que decide si esta plataforma te encaja, y casi nadie tiene la respuesta exacta de lo que ya tiene puesto. Dinos cuántas cámaras hay, de qué marcas y de qué años, cuántas sedes y qué hay que integrar, y te decimos qué funciones vas a tener de verdad con cada una y qué habría que comprobar en maqueta antes de prometer nada. Si te conviene otra plataforma, también te lo diremos.