Saltar al contenido

Control de intrusión · acre security

La central que se toma en serio cómo sale el aviso.

SPC tiene dos cosas poco habituales: un bus que aguanta un corte y una forma de transmitir a la receptora por varias vías a la vez, vigiladas todas. Qué significa eso en obra.

Qué es y dónde se la encuentra.

Una gama europea con mucha base instalada en edificios de cierto tamaño.

La gama SPC nació en la división de productos de seguridad de Siemens, pasó a Vanderbilt y hoy es de acre security. Ese recorrido explica que esté muy implantada en Europa y que esté pensada con la norma europea delante, no adaptada a ella después. La generación reciente se llama SPCevo y la anterior sigue viva en miles de instalaciones.

Aparece donde hay varias áreas y alguien que responde de la seguridad: sedes corporativas, hospitales, industria, colegios grandes, administración, logística, instalaciones con riesgo asegurado y por tanto con un grado exigido por la póliza. Y aparece en pliegos: cuando hay que justificar por escrito qué grado se entrega y cómo está supervisada la transmisión, ésta deja el papel hecho sin malabarismos.

Cómo está construida.

Los detectores y los teclados cuelgan de un bus direccionable con expansores repartidos por el edificio. Cada expansor aporta zonas y salidas y se pone cerca de lo que tiene que leer, así que el cable largo es el del bus. Eso cambia el presupuesto de una instalación grande más que cualquier detalle del panel.

Y el bus se puede cerrar en anillo. Cableado así, un corte no deja a nadie fuera: la central sigue hablando con todo por el otro lado y avisa del corte como avería localizada. Cableado abierto y sin sectorizar, un corte se lleva todo lo que queda detrás, y eso deja de existir para el sistema sin que nadie lo note si el teclado está en el vestíbulo y el corte en la nave del fondo.

El edificio se divide en áreas con su armado, sus horarios y sus usuarios, con armado parcial y con condiciones entre áreas — lo que se usa para que nadie arme el almacén mientras hay alguien dentro de la cámara frigorífica. Alimentación supervisada con baterías dimensionadas por cálculo. La radio existe con expansores inalámbricos, pero el centro de gravedad es el cable. Y hay un servicio en la nube de la casa para mantener en remoto, que abarata el contrato de verdad: la mitad de los avisos se resuelven sin coger el coche.

La transmisión, que es donde se distingue.

La mayoría de las centrales transmiten. Ésta gestiona la transmisión como parte del sistema, porque lo es.

Su protocolo de comunicaciones permite definir varias vías hacia la receptora al mismo tiempo, cada una con su medio, su destino y su propia supervisión, y mantenerlas todas vivas en paralelo. No es «la red y, si falla, el móvil»: son dos o más caminos vigilados, cada uno al ritmo que se le haya puesto, con la central registrando cuál se cayó, cuándo y cuánto tiempo estuvo caído.

Importa porque la norma europea de transmisión de alarmas clasifica las vías según lo rápido que se detecta que han dejado de funcionar, y ése es el requisito que pesa cuando hay grado exigido. Una instalación con una sola vía que nadie comprueba puede estar meses sin poder avisar. Hemos encontrado comunicadores transmitiendo a un destino que ya no existía, con el cliente pagando la cuota de conexión.

La comprobación válida no se hace leyendo la configuración: se corta la vía principal y se llama a la receptora para preguntar si se enteró y en cuánto. Después se corta la otra. Si eso no se hizo en la puesta en marcha, no se sabe si el sistema transmite: se supone.

Cómo se porta con las falsas alarmas.

Trae lo que hace falta: confirmación entre zonas antes de tratar un aviso como intrusión confirmada, exclusión automática de la zona que dispara repetidamente, supervisión por zona que separa alarma de manipulación y de avería, tiempos y rutas de entrada por área, y un registro largo que se lee en remoto. Con detectores de doble tecnología y antienmascaramiento está a la altura de cualquiera de esta lista.

Dicho eso, la mayoría de las falsas alarmas que hemos ido a resolver eran del proyecto. Un detector de microondas mirando a un tabique de cartón yeso ve lo que pasa al otro lado, porque la microonda atraviesa el cartón — y al otro lado hay una carretilla de noche. Un infrarrojo enfrentado a un portón metálico al oeste dispara al atardecer, cuando la chapa se enfría a rachas. Y un fallo de enmascaramiento repetido a la misma hora cada mañana no es una avería: es que a esa hora aparcan algo delante.

El grado, y la central receptora.

Las normas europeas clasifican los sistemas de alarma en grados de seguridad según el riesgo, y cada grado exige cosas al equipo, al cableado, a la alimentación, a la detección de manipulación y a la supervisión de la transmisión. Lo marca la actividad, muy a menudo el seguro y a veces un pliego. Esta gama se proyecta habitualmente en la parte alta de esa escala; lo que no se puede decir desde una web es qué grado certifica cada modelo —está en su certificado, con fecha— ni qué grado cumple una instalación concreta, porque eso depende del montaje entero y lo firma quien lo entrega. Y la receptora es otra decisión, con otro contrato: en España está obligada a verificar el aviso antes de pasarlo a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, y de ahí que la verificación por imagen sea la pieza que hace que el sistema sirva.

Para quién encaja, y para quién no.

Encaja donde hay tamaño y exigencia: muchas zonas, varias áreas con horarios distintos, un grado que hay que justificar y una transmisión que tiene que estar vigilada y documentada. Encaja especialmente si el cliente tiene varias sedes y quiere mantenerlas todas en remoto desde el mismo sitio.

No encaja en una instalación de un horario y doce zonas: queda grande y nadie va a usar la mitad de lo que la hace buena. Tampoco si lo que se quiere es vivir en una aplicación de móvil muy pulida, porque hay sistemas inalámbricos en esta lista que en eso van por delante. Y no encaja si el presupuesto llega para la central pero no para el anillo, la autonomía real, la doble vía y el mantenimiento: entonces se compra el papel de una instalación exigente sin la instalación.

Qué hacemos nosotros con ella.

  • El proyecto, con visita a la hora en que hay que proteger: qué detector en cada punto, a qué altura, mirando a dónde, qué hay detrás de esa pared y qué se mueve ahí de madrugada. Y el recorrido del bus y su sectorización sobre plano, con el anillo cerrado donde el riesgo lo pide.
  • La puesta en marcha con las alarmas disparadas a propósito: pasar por delante de cada detector, abrir cada contacto, tapar una lente, cortar el bus para comprobar que el anillo aguanta, cortar la vía principal y llamar a la receptora para saber si se enteró y en cuánto. Acta escrita antes y rellenada durante, con hora y resultado por elemento.
  • El mantenimiento con informe por elemento, baterías medidas, registro revisado para cazar zonas ruidosas y vías caídas, y las claves a nombre del cliente con la configuración guardada fuera del panel.

Quién la maneja cuando nos vamos.

El día a día es del cliente. La capa de abajo toca la norma, y eso no es una preferencia nuestra.

El cliente lleva los usuarios y sus códigos o tarjetas, quién arma qué área, el armado parcial, los horarios, la inhibición puntual de una zona y la lectura del registro. Los niveles de permiso permiten dar la gestión de usuarios sin dar la configuración, y eso hay que montarlo el primer día: cuando todos usan el mismo código, el registro dice que desarmó «usuario 1» y no dice nada. Con el servicio en la nube, además, el responsable ve el estado de varias sedes sin llamar a nadie.

Lo que exige al instalador es lo que cambia el comportamiento o afecta al papel: añadir o quitar elementos del bus, cambiar tiempos, rutas de entrada o la lógica de confirmación, rehacer áreas, tocar las vías de transmisión y subir versión. Si la instalación se entregó con un grado, cada uno de esos cambios obliga a revisar la documentación. Y hace falta lo que se entrega y se cobra: formación por papeles —quien arma, quien gestiona usuarios, quien decide de madrugada— y documentación que sirva: plano con cada detector y su dirección en el bus, recorrido y sectores, tabla de áreas y horarios, vías con su supervisión, y quién recibe qué aviso y en qué orden.

Empezar

¿Seguro que tu alarma transmite?

La forma de saberlo es cortar la vía y preguntar a la receptora si se enteró. Cuéntanos qué central tienes, por dónde transmite y si alguien ha hecho esa prueba alguna vez, y te decimos qué falta para que el aviso llegue de verdad.