Control de intrusión · Honeywell Galaxy
Está puesta en medio país. Y eso es casi todo el argumento.
Galaxy es una de las centrales de intrusión más instaladas de Europa. Qué trae, qué significa heredar una programada por otro y cuándo la decisión sensata es seguir con ella.
Qué es y dónde se la encuentra.
Una familia de centrales profesionales con una base instalada enorme, y eso tiene consecuencias que no son técnicas.
Galaxy es la línea de intrusión de Honeywell para instalación profesional, con familias que cubren desde un comercio hasta un edificio de cientos de puntos, incluida una gama mayor que además controla puertas. Todas se programan con la misma lógica, y eso explica media cosa de su éxito: un técnico que sabe Galaxy sabe Galaxy en cualquier tamaño.
Se la encuentra en todas partes: comercios, oficinas, colegios, almacenes, sedes bancarias, polígonos enteros. Si has entrado en un edificio con un teclado de alarma en el vestíbulo en los últimos veinte años, hay bastante probabilidad de que fuera uno de éstos. Por eso cuando alguien nos llama para cambiar de instalador, lo que hay puesto es muchas veces una de éstas, y la pregunta real no es qué central comprar sino si hay que comprar alguna.
Cómo está construida.
Arquitectura clásica, y es la razón de que aguante tanto. La central tiene sus zonas y crece con módulos de expansión repartidos por el edificio, colgados de un bus a dos hilos más alimentación; cada módulo aporta entradas y salidas y se pone cerca de los detectores, así que el cable que se tira es corto. En instalaciones grandes se usan varias líneas de bus, y repartir bien qué cuelga de cada una es lo que hace que una avería no se lleve el edificio.
El edificio se divide en grupos independientes con su armado, su horario y sus usuarios, con armado parcial para la noche, y con armado por teclado, por llave, por horario o por un pulsador de fin de salida, que es la forma decente de acabar el recorrido en vez de fiarse de un temporizador. La gama mayor controla además un puñado de puertas: no es una plataforma de control de accesos, y para una decena de puertas con horarios es lo que hace falta sin montar un segundo sistema. Hacia fuera, transmisión por red con respaldo por red móvil y mantenimiento remoto, que cambia el contrato más que cualquier característica del panel.
Cómo se porta con las falsas alarmas.
De serie trae lo que hace falta: confirmación de alarma, que exige que dos zonas distintas detecten algo dentro de una ventana de tiempo antes de tratarlo como intrusión confirmada; omisión automática de la zona que dispara repetidamente en el mismo periodo, para que un detector averiado no entierre a quien está de guardia; tiempos y rutas de entrada bien definidos por grupo; y el doble balanceo, que separa la alarma de la manipulación y de la avería. Con detectores de doble tecnología y antienmascaramiento, el conjunto está a la altura de cualquiera de esta lista.
Y ahora la parte que nos hace impopulares. En las instalaciones de este tipo que hemos heredado, la falsa alarma casi nunca venía de la central. Venía de tres cosas: detectores puestos donde tocaba para el cable y no donde tocaba para detectar; sensibilidades bajadas a la mitad para que dejara de molestar, que no arregla nada y deja la zona sorda; y zonas omitidas desde hace meses sin que nadie lo supiera, porque omitir es gratis y se nota poco. Un edificio con cinco zonas omitidas tiene cinco agujeros, y el teclado lo dice cada noche a quien ya no lo lee.
Heredar una que programó otro.
Es el escenario más frecuente con esta familia, y tiene su propio orden de trabajo.
- El código de ingeniero y el acceso. Si el instalador anterior no lo entrega, eso es un problema del cliente antes que técnico y conviene saberlo el primer día. Quien no tiene las claves no tiene un sistema: tiene una dependencia.
- Y la transmisión, comprobada cortándola y preguntando a la receptora si se enteró. Hay instalaciones transmitiendo a un destino que ya no existe, con el cliente pagando la cuota de conexión.
El grado, y la central receptora.
La palabra «grado» aparece en casi todas las ofertas de intrusión y se documenta en muy pocas. Significa algo concreto: las normas europeas clasifican los sistemas de alarma en grados de seguridad según el riesgo, y cada grado exige cosas al equipo, al cableado, a la alimentación, a la detección de manipulación y a la supervisión de la transmisión. Lo marca la actividad, muy a menudo la póliza del seguro y a veces un pliego. De ahí la distinción que hay que hacer siempre: un equipo certificado para un grado no es una instalación que cumple ese grado. Qué grado se entrega lo dice el proyecto y lo firma quien lo entrega; y si el grado que hace falta no cabe en el presupuesto que hay, eso se dice antes de firmar.
La central receptora va por su lado: otro contrato, otra normativa y la obligación de verificar el aviso antes de movilizar a la policía. Por eso la verificación no es un añadido bonito: es lo que hace que un aviso sirva para algo.
Para quién encaja, y para quién no.
Encaja en el edificio normal que existe de verdad: un comercio grande, un colegio, una oficina de varias plantas, una nave con almacén y administración, una red de sucursales con la misma programación repetida. Encaja muy bien cuando hay que controlar unas pocas puertas además de la alarma. Y encaja cuando ya hay una puesta, porque la continuidad vale dinero: repuestos, técnicos que la conocen y un cliente que no tiene que aprender otro teclado.
No encaja si lo que se busca es una aplicación de móvil moderna como forma principal de vivir con el sistema. Se puede tener y funciona, pero esta familia nació antes del móvil y lo nota: su centro de gravedad es el teclado y el software del instalador. Hay sistemas inalámbricos en esta lista que en eso van otra generación por delante, y si el cliente quiere armar desde el bolsillo y ver una foto, hay que decirlo. Y tampoco encaja si nadie va a hacer el mantenimiento: la diferencia entre las que siguen sirviendo a los quince años y las que están encendidas sin servir no está en el modelo, está en si alguien ha pasado por delante de cada detector una vez al año.
Qué hacemos nosotros con ella.
- El proyecto, con visita a la hora en la que hay que proteger: qué detector en cada punto, a qué altura, mirando a dónde, qué hay al otro lado de esa pared y qué se mueve ahí de noche. Y el reparto de grupos hablado con quien arma cada día, que es quien decide si el sistema se usa o se deja desarmado.
- La puesta en marcha disparando las alarmas a propósito: cada detector probado pasando por delante, cada contacto abierto, una lente tapada para ver si el enmascaramiento avisa, la vía principal cortada y una llamada a la receptora para saber si se enteró. Acta escrita antes y rellenada durante, con hora y resultado por elemento.
- El mantenimiento con informe por elemento, registro revisado para cazar zonas ruidosas, baterías medidas y repaso de qué sigue omitido y por qué — aprovechando el acceso remoto para diagnosticar antes de desplazarse, que abarata el contrato en vez de encarecerlo.
Quién la maneja cuando nos vamos.
El reparto está bastante claro, y conviene escribirlo en el contrato.
El cliente lleva lo que es suyo: usuarios y códigos, quién puede armar qué grupo, el armado parcial de la noche, los horarios de armado automático, la inhibición puntual de una zona por obra o avería, y la lectura del registro. Los niveles de usuario permiten que el responsable de una tienda dé de alta a un dependiente sin poder tocar la configuración, y ése es el reparto que hay que montar el primer día. El error clásico es que todo el mundo use el mismo código: cuando el registro dice que a las 22:14 desarmó «usuario 1», no dice nada.
Lo que exige al instalador es la capa de abajo, y parte de eso no es una decisión nuestra sino de la norma y del proyecto: añadir o quitar módulos y zonas, cambiar tiempos, rutas de entrada o la lógica de confirmación, rehacer grupos, tocar lo que se transmite a la receptora y cambiar versión. Si la instalación se entregó con un grado, además, cualquiera de esos cambios obliga a revisar la documentación: un sistema cuyo papel ya no describe lo que hay instalado es un sistema sin papel.
Y hacen falta dos cosas que se entregan y se cobran. Formación separada por papeles —quien arma cada día, quien gestiona usuarios, quien decide de madrugada— y documentación que sirva: plano con cada detector y su zona, grupos y horarios tal como quedaron, las resistencias usadas, y quién recibe qué aviso y en qué orden.
Las otras diez de este grupo.
Ninguna es mejor que otra. Cambian la arquitectura, lo que traen contra la falsa alarma y cuánto puede gobernar el cliente después.
Empezar
¿Tienes una Galaxy y no sabes cómo está programada?
Es lo más normal del mundo y se arregla. Cuéntanos qué hay puesto, cuántos avisos entran al mes y si tienes el código de ingeniero, y te decimos qué se aprovecha, qué zonas llevan años omitidas y qué cuesta dejarla documentada.