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Control de intrusión · Ajax Systems

Se monta en un día. Y eso hay que contarlo con sus tres preguntas.

Ajax es el sistema inalámbrico moderno que mejor ha resuelto lo que los demás hacen regular: la aplicación y la velocidad de despliegue. Qué hace muy bien, y en qué instalaciones lo que se necesita sigue pidiendo cable.

Qué es y dónde se la encuentra.

Un sistema inalámbrico de generación reciente, con una central pequeña, detectores de pila y una aplicación que la gente usa de verdad.

Ajax Systems es un fabricante europeo que entró hace relativamente poco y lo hizo al revés que los demás: empezó por cómo se vive el sistema —la aplicación, el despliegue, el diseño del equipo— y desde ahí fue subiendo en capacidad. Hoy tiene una gama amplia de detectores y sirenas por radio, centrales de varios tamaños y también dispositivos cableados por bus para quien los necesita.

Se la encuentra en comercio, hostelería, oficinas, clínicas, viviendas, comunidades, delegaciones y muchísima instalación que antes no tenía nada porque cablear era inviable. Y conviene decir lo que hace excepcionalmente bien: se despliega rapidísimo, se amplía en cinco minutos y la aplicación es la mejor de este grupo. No «tiene aplicación»: es buena de verdad, y un sistema que el usuario entiende es un sistema que el usuario arma todas las noches — la mitad de las instalaciones que no protegen nada es porque nadie las arma.

Cómo está construida.

En el centro hay una central pequeña que hace de concentrador y de comunicador. Los detectores hablan con ella por un protocolo de radio propio y bidireccional: la central pregunta a cada dispositivo y sabe si está vivo, con cuánta pila y con qué señal. Va cifrado, salta de frecuencia y detecta si alguien intenta inutilizar la radio con un interferidor, que es la forma moderna de atacar un sistema inalámbrico.

Dos cosas que rompen el tópico. Una: hay una línea de dispositivos cableados por bus, así que este sistema no es obligatoriamente todo radio. Dos: hay detectores que envían una secuencia de fotos de lo que ha disparado la alarma, y eso es verificación por imagen dentro del sistema de intrusión — no es videovigilancia, pero para decidir si hay que ir, sirve. Hacia fuera, comunicación por red y por red móvil con más de una vía, transmisión a receptora con los protocolos habituales, y una aplicación de instalador para mantener en remoto que es, sin rodeos, la más cómoda de este grupo.

Las tres preguntas que trae.

Ninguna de las tres lo descarta. Las tres hay que contestarlas antes de firmar, y casi nadie las pregunta.

La autonomía. La respuesta honrada no es un número, es una relación: los dispositivos duran años con sus pilas, pero cuánto depende de cómo se configure la supervisión. Cuanto más a menudo pregunta la central si el detector sigue vivo, antes se sabe que ha muerto uno y menos duran las pilas; cuanto menos a menudo, más duran y más tarde se detecta un punto caído. Ese intervalo lo condiciona el grado que pide la instalación. Y hay una consecuencia logística que se ignora en las ofertas: veinte dispositivos son una revisión anual; doscientos son un calendario, un tipo de pila en stock y alguien que lo lleve.

El alcance real. El que se publica se mide en campo abierto y sirve para comparar, no para proyectar. El que importa es el de ese edificio, con las estanterías llenas, las puertas cerradas y el forjado de hormigón entre plantas; una nave con estructura y estanterías metálicas se come la radio de cualquier fabricante. Por eso no ofertamos un sistema inalámbrico sin medir la señal en el punto exacto de cada detector, y dejamos escrito con qué margen llega cada uno el día de la entrega: es lo que permite saber, un año después, si el problema es el sistema o es el palé que han puesto delante.

Y el grado, que es la que decide proyectos. Lo marca el riesgo, la actividad y muy a menudo la compañía de seguros, y en la parte alta de esa escala hay requisitos de supervisión, de autonomía y de resistencia al sabotaje que empujan hacia el cable en zonas concretas o en toda la instalación. Qué grado certifica cada dispositivo y en qué versión está en su certificado con fecha —ahí se mira, no en un folleto ni en esta página—, y qué grado cumple una instalación depende del montaje entero y lo firma quien lo entrega. Si lo que pide el seguro no se alcanza así, eso se dice antes de firmar, aunque signifique vender otra cosa o no vender nada.

Cómo se porta con las falsas alarmas.

Mejor de lo que muchos esperan, y por una razón que no es la detección: es la imagen. Un aviso que llega al móvil con una secuencia de fotos de lo que ha disparado el detector se descarta o se escala en diez segundos, y eso es lo que separa un sistema que se sigue usando al año siguiente de uno que se ignora.

Y lo que no arregla, que es la mayoría: el montaje. Un detector puesto donde llegaba la señal en vez de donde había que detectar. Un infrarrojo enfrentado a un portón metálico al oeste, que dispara al atardecer cuando la chapa se enfría a rachas. Uno en el chorro del climatizador, que dispara cuando arranca la máquina. Uno de interior cubriendo una terraza: gato, lona y viento. Y el fallo de enmascaramiento cada mañana a la misma hora, que no es avería sino algo aparcado delante. La diferencia es que con fotos eso se diagnostica en una tarde, y se arregla cambiando sitio, lente o ángulo, no la sensibilidad. Y la zona en obra se aísla con papel y con fecha: en un sistema tan fácil de desactivar desde el móvil, esa disciplina es más necesaria, no menos.

La central receptora.

Es una decisión aparte, con su contrato y su normativa, y conviene cerrarla antes de comprar: qué protocolo se usa, qué información le llega exactamente a la receptora que va a atender la instalación y si puede trabajar con las imágenes, porque eso depende de su plataforma y no sólo de la central. En España la receptora está obligada a verificar el aviso antes de pasarlo a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, así que un sistema que nace con la imagen dentro encaja bien con esa obligación — siempre que la receptora pueda aprovecharla.

Para quién encaja, y para quién no.

Encaja muy bien en lo que representa la mayoría de los edificios de este país: el local, la oficina, la clínica, el restaurante, la vivienda buena, la comunidad, la nave modesta, la delegación. Encaja donde hay que proteger algo sin obra y sin cerrar el negocio una semana, y cuando el cliente va a vivir el sistema desde el móvil. Y encaja especialmente en lo provisional de verdad: una obra, una nave alquilada por dos años, una zona que se va a reconfigurar.

No encaja cuando el grado que pide el seguro o la actividad empuja al cable en toda la instalación, y eso pasa de verdad: hay sectores donde la conversación se acaba ahí, y mejor antes de vender. Tampoco en la instalación grande de muchas áreas, bus en anillo supervisado y un departamento de seguridad con operador. Y no encaja si nadie va a hacerse cargo de las pilas, que es el único mantenimiento que este sistema exige de verdad. Dicho al revés, y es justo: en las instalaciones donde encaja, cuesta justificar por qué habría que montar otra cosa.

Qué hacemos nosotros con ella.

  • La medición antes de la oferta: en el punto exacto de cada detector, con el edificio como va a estar —estanterías llenas, puertas cerradas, persianas bajadas— y con el margen de cada enlace escrito. Sin eso, un sistema inalámbrico es una promesa.
  • La puesta en marcha disparando las alarmas a propósito: cada detector probado pasando por delante, cada contacto abierto, una pila quitada para ver si el sistema lo dice y a quién, un dispositivo manipulado para comprobar que avisa, la vía principal cortada y una llamada a la receptora para saber si se enteró y si le llegó la imagen. Acta escrita antes y rellenada durante, con hora y resultado por dispositivo.

Quién la maneja cuando nos vamos.

De las once, la que más puede llevar el cliente solo. Y eso hay que decirlo aunque reduzca nuestro trabajo.

El cliente puede llevar casi todo el día a día desde la aplicación, y lo hace sin que nadie le enseñe demasiado: usuarios con nombre y permisos, quién arma qué grupo, armado y desarmado en remoto, armado parcial, horarios, avisos a quién y cuándo, inhibición puntual de un dispositivo, historial con sus fotos y estado de pilas y de señal de todo el sistema. Es más de lo que puede hacer el usuario de casi cualquier central clásica, y es una ventaja real que no vamos a disimular.

Lo que exige al instalador es menos que en las demás, pero existe: añadir dispositivos en una instalación donde el grado importa, cambiar la supervisión, los tiempos o la lógica de confirmación, tocar las vías de transmisión, y revisar la señal después de una reforma. Y si se entregó con un grado, cualquiera de esas cosas obliga a revisar la documentación. Las pilas están en la frontera: con veinte dispositivos las cambia el cliente si se le deja el tipo escrito y se le explica que al abrir la tapa salta el antisabotaje; con doscientos es calendario del contrato.

Empezar

¿Hay que cablear o no hace falta?

Es la pregunta real, y se contesta con dos datos: qué grado te pide el seguro y qué señal hay en los puntos donde irían los detectores. Cuéntanos qué local es y qué quieres proteger, y vamos a medir antes de ofertarte nada.