Control de intrusión · Visonic
Está en miles de locales. Y muchos no son de su dueño.
PowerMaster es un sistema inalámbrico con una radio excelente y una base instalada enorme, buena parte puesta por empresas de alarmas con cuota. Qué tienes si tienes uno, y cuándo conviene cambiar.
Qué es y dónde se la encuentra.
Un sistema inalámbrico veterano y muy extendido, hoy dentro del mismo grupo que otra marca de esta lista.
Visonic es una casa de intrusión inalámbrica de recorrido largo, hoy dentro de Johnson Controls. Su familia conocida es PowerMaster: una central compacta que hace de panel y de comunicador, con detectores, contactos, mandos, teclados y sirenas por radio, y con modelos que incluyen detectores con cámara capaces de enviar una secuencia de lo que acaba de pasar por delante.
Y hay un detalle que explica mucho: su radio es la misma tecnología —PowerG— que usa la otra marca de intrusión del mismo grupo. No es una radio de sistema pequeño: es de las mejores del mercado. Se la encuentra en comercio, hostelería, oficinas pequeñas, viviendas, clínicas y talleres, pero sobre todo instalada por empresas de alarmas con contrato de cuota mensual, por miles. Y eso cambia la conversación por completo.
Si lo tienes puesto, empieza por una pregunta.
¿De quién es el sistema? No es filosofía: tiene una respuesta concreta, y está en el contrato.
Muchísimas de estas instalaciones las puso una empresa de alarmas con cuota, y en ese modelo el equipo a veces es del cliente y a veces no, el código de instalador lo tiene la empresa y la transmisión va a su central receptora y sólo a la suya. No es un engaño: es un modelo de negocio legítimo y para mucha gente es el adecuado. Pero hay que saber en qué situación se está antes de pedir presupuestos.
Las preguntas son tres: de quién es el equipo instalado, quién tiene el código de instalador, y si se puede transmitir a otra central receptora. Si el equipo es del cliente y se puede obtener el acceso, muchas veces lo sensato es quedarse el sistema, auditarlo, arreglar lo que esté mal colocado y cambiar a quien lo mantiene — bastante más barato que empezar de cero. Si el equipo no es suyo o está atado, hay que contar con sustituir. Lo que no hacemos es prometer que se aprovecha todo antes de ver el contrato.
Cómo está construida.
Es un sistema inalámbrico de arriba abajo, y eso es una decisión de arquitectura, no una carencia: la central es pequeña y todo lo demás llega por radio. No es una central híbrida que crece por bus con expansores cableados repartidos por un edificio; está pensada para otro tamaño.
La radio hace lo que hay que hacer y lo hace muy bien. Es bidireccional, así que la central sabe si cada dispositivo está vivo, con cuánta pila y con qué señal, y no hay puntos ciegos silenciosos. Va cifrada, salta de frecuencia —lo que la hace mucho más difícil de inutilizar con un interferidor— y reparte el tiempo entre dispositivos para que no se pisen. El alcance dentro de edificios es de los mejores de su clase, y eso se nota en menos repetidores.
La autonomía viene de ahí: los dispositivos duran años con sus pilas, y cuántos depende de cómo se configure la supervisión, que es un ajuste con precio y que puede condicionar el grado. El edificio se reparte en particiones con su armado, sus usuarios y sus horarios; hacia fuera hay transmisión por red y por red móvil y aplicación para el usuario. Y la pieza que más valor tiene en la práctica son los detectores con cámara, que convierten un aviso en algo que se puede mirar antes de mover a alguien.
Cómo se porta con las falsas alarmas.
Tiene dos cosas a favor. La radio bidireccional: los avisos que no son intrusión —pila baja, dispositivo perdido, interferencia, tapa abierta— llegan identificados y con antelación, así que se convierten en una lista de trabajo en vez de en un susto nocturno. En los sistemas inalámbricos, esa familia de avisos quema al usuario tanto como una falsa alarma.
Lo que no arregla —y aquí lo hemos visto con especial frecuencia, porque son instalaciones que se montan muy rápido— es el montaje. Detectores puestos donde se podía pegar el soporte en vez de donde había que detectar. Uno mirando a la cristalera que da a la calle con el sol de la tarde dando de pleno. Uno en el chorro del climatizador. Uno de interior cubriendo una terraza, o a la altura equivocada en un local con un gato residente. Con el registro y las imágenes eso se diagnostica en una tarde, y se arregla cambiando sitio, lente o ángulo, no bajando la sensibilidad. Y la zona en obra se aísla con papel y con fecha de devolución.
El grado, y la central receptora.
Las normas europeas reparten los sistemas de alarma en grados de seguridad según el riesgo, y cada grado exige cosas al equipo, a la alimentación, a la detección de manipulación, a la supervisión de la transmisión y, en radio, a cada cuánto se comprueba cada dispositivo y cómo se detecta una interferencia. Qué grado certifica cada modelo está en su certificado, con fecha, no en una web; qué grado cumple una instalación depende del montaje entero y lo firma quien lo entrega. Y en la parte alta de esa escala hay instalaciones en las que lo que se pide empuja al cable: si es el caso, se dice antes de vender. La receptora es una decisión aparte y aquí es además la pregunta del contrato: si está atada a la de quien lo instaló, cambiar de proveedor puede implicar cambiar de equipo. Con el sistema libre se transmite a la que el cliente elija, con la obligación de siempre: verificar el aviso antes de movilizar a la policía, que es justo para lo que sirve la imagen.
Para quién encaja, y para quién no.
Encaja en el local, la oficina pequeña, la vivienda, la clínica, el taller: instalaciones de tamaño contenido, sin obra posible y que se quieren proteger pronto. Encaja especialmente si hay que llegar a puntos difíciles dentro de un edificio, porque su radio es de las que mejor lo hacen. Y encaja, sobre todo, cuando ya está puesto y el contrato permite quedárselo.
No encaja cuando la instalación crece: esto no es una central híbrida que se extiende por un edificio grande con expansores cableados y decenas de áreas, y forzarlo a eso es pedirle lo que no es. Tampoco cuando el grado que se necesita empuja al cable. Y cuando un sistema así lleva muchos años puesto llega un momento en el que remendarlo sale más caro que renovarlo; lo decimos cuando llega, aunque signifique una oferta más alta de lo que el cliente esperaba.
Qué hacemos nosotros con ella.
- Primero el contrato, si viene de una empresa de cuota: de quién es el equipo, quién tiene el código de instalador y si se puede transmitir a otra receptora. Sin eso no hay presupuesto honrado posible.
- La auditoría de lo que hay: inventario real de dispositivos, estado de pilas y de señal, zonas inhibidas, registro de los últimos meses leído por zona, y comprobación de la transmisión cortándola y preguntando a la receptora si se enteró.
- La puesta en marcha disparando las alarmas a propósito: cada detector probado pasando por delante, cada contacto abierto, un dispositivo manipulado para comprobar que avisa, una pila quitada, la vía principal cortada y una llamada a la receptora para saber si se enteró y si le llegó la imagen. Acta escrita antes y rellenada durante, con hora y resultado por dispositivo.
Quién la maneja cuando nos vamos.
Bastante, y más de lo que muchos de estos clientes han podido hacer nunca.
El cliente lleva el día a día: usuarios y códigos, quién arma qué partición, armado parcial, horarios, armado y desarmado en remoto, inhibición puntual de una zona, historial con sus imágenes y estado de pilas y señal. En instalaciones que vienen de un contrato de cuota esto suele ser nuevo para el cliente, porque no tenía acceso a casi nada, y es una de las cosas que más se agradece en la entrega.
Lo que exige al instalador es la capa de abajo: emparejar dispositivos, cambiar la supervisión, los tiempos o la lógica de confirmación, rehacer particiones, tocar las vías de transmisión y subir versión. Y si se entregó con un grado, cada cambio obliga a revisar la documentación. Las pilas se deciden a propósito: con pocos dispositivos las cambia el cliente si se le deja el tipo escrito y se le avisa de que al abrir la tapa salta el antisabotaje; con muchos es calendario del contrato. Y la advertencia propia de los sistemas cómodos: lo fácil que es desactivar algo desde el móvil es también lo fácil que es dejarlo desactivado, así que el informe de mantenimiento empieza por la lista de lo que lleva tiempo inhibido.
Lo que se entrega y se cobra: formación por papeles y una carpeta con el plano de cada dispositivo, su tipo de pila, su margen de señal en la entrega, qué detector verifica con imagen, cómo quedaron las particiones y los horarios, la titularidad de la cuenta y de las claves, y quién recibe qué aviso y en qué orden. En una instalación que viene de una cuota, esa carpeta es la prueba de que ahora el sistema es suyo.
Las otras diez de este grupo.
Ninguna es mejor que otra. Cambian el tamaño de instalación que aguantan, cuánta radio llevan dentro y quién tiene las llaves del sistema.
Empezar
¿Pagas una cuota y no tienes las claves?
Es la situación más común con este sistema y tiene salida, pero depende de tu contrato. Cuéntanos qué tienes puesto, qué pagas al mes y qué dice el contrato sobre la propiedad del equipo, y te decimos qué se puede rescatar y qué no.