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El disco del ordenador de casa no sirve aquí. Y no es por marketing.
Discos pensados para escribir sin parar, y cabinas para ampliar bahías. La diferencia entre un disco de vigilancia y uno de sobremesa no está en la etiqueta: está en lo que hace cuando encuentra un sector dudoso.
Por qué existe un disco de vigilancia.
Seagate · Disco — Discos de vigilancia y cabinas de expansion. Y la explicación es más interesante de lo que parece.
Un disco de ordenador de oficina está pensado para estar parado la mayor parte del día y trabajar a ratos. Un disco de un grabador trabaja sin parar los tres mil seiscientos cincuenta días que va a estar puesto: las cámaras escriben a todas horas, todos los días, sin pausas. Son dos cargas de trabajo distintas y los fabricantes las declaran: hay un número de terabytes al año que cada disco está pensado para soportar, y el de un disco de sobremesa es una fracción del de uno de vigilancia.
Pero la diferencia más importante es otra y casi nadie la cuenta. Cuando un disco encuentra un trozo que no lee bien, tiene dos opciones: insistir mucho tiempo hasta sacarlo, o rendirse rápido y avisar. Un disco de sobremesa insiste, porque en un ordenador lo que importa es no perder el fichero. Un disco de vigilancia se rinde antes, porque en un grabador lo que importa es no dejar de escribir: mientras el disco insiste, el vídeo que está llegando no se guarda. Ese comportamiento es la razón técnica de que exista esta gama, y también de que un disco de sobremesa dentro de un conjunto con redundancia pueda hacer que el sistema lo expulse por lento.
Hay una tercera diferencia, más física: un disco pensado para ir acompañado de siete más aguanta la vibración de los otros. Los fabricantes declaran hasta cuántas unidades por caja está probado cada modelo, y poner un disco de una bahía en una caja de dieciséis acorta su vida sin que nadie entienda por qué.
Cómo se eligen de verdad.
Cuatro comprobaciones, y ninguna es la capacidad.
La carga de trabajo anual declarada, que tiene que ser mayor que lo que van a escribir las cámaras en un año. Es una suma sencilla y casi nunca se hace. El número de bahías para el que ese modelo está probado. Y que esté en la lista de discos validados del equipo donde va a ir, porque esa lista existe precisamente para la grabación continua.
La cuarta es de oficio: no comprar los ocho discos del mismo lote. Discos iguales, fabricados la misma semana y sometidos al mismo trabajo tienden a agotarse por las mismas fechas, y eso es justo lo que no conviene: el segundo fallo llegando mientras se reconstruye el primero es el único escenario en el que se pierde todo.
Y una decisión de tamaño que va contra la intuición: discos más grandes no siempre son mejores. Cuanto más grande es el disco, más tarda en reconstruirse cuando se sustituye, y durante esa reconstrucción el sistema está sin protección y los demás discos trabajando al máximo. Con discos muy grandes, la decisión sensata es tolerar dos fallos en vez de uno.
Cuántos días salen de verdad.
Porque al final los días de grabación son estos discos y no otra cosa.
La cuenta con números de ejemplo, para poder repetirla: una cámara a tres megabits por segundo escribe algo más de treinta gigabytes al día. Veinte cámaras así, más de seiscientos al día. Parece fácil, y luego vienen las restas: lo que se pierde al formatear, los discos dedicados a la redundancia, el margen libre que conviene dejar, y el hecho de que esos tres megabits son una media que en escenas con movimiento sube bastante.
Por eso el plazo que se promete tiene dos partes: la cuenta, que se hace antes, y la medida, que se hace a las dos semanas de estar grabando. Lo segundo es lo que convierte una estimación en un compromiso, y es media hora de trabajo que casi nadie dedica.
Y una cosa que vale para cualquier disco de cualquier marca: uno que lleva cinco años escribiendo está al final de su vida aunque funcione. Cambiarlos por calendario cuesta dinero; cambiarlos cuando fallan cuesta la grabación de esos días, que es lo que nadie puede recuperar después.
Dónde no los pondríamos.
Un disco de vigilancia no es un disco para todo. En el volumen donde vive el sistema operativo o la base de datos del software de vídeo, lo que hace falta es otra cosa: un disco de estado sólido, y si es posible dos en espejo. Ése es el volumen que se corrompe cuando se corta la luz, y el que hace que una búsqueda por fecha y hora vaya rápida o lenta.
Tampoco los pondríamos en un equipo que no está en su lista de compatibilidad, ni en una caja con más bahías de las que el modelo declara soportar, ni mezclados con discos de sobremesa en el mismo conjunto. Lo último pasa más de lo que parece: alguien sustituye un disco roto con lo que tiene a mano y el conjunto entero empieza a portarse mal.
Y no los pondríamos en un armario caliente dando por hecho que van a durar. El calor es lo que mata los discos, y no de golpe: duran dos años en vez de seis y nadie lo relaciona con la temperatura del cuarto.
Qué hacemos nosotros con ellos.
- La suma de lo que se va a escribir en un año, comparada con la carga declarada del modelo. Si no cuadra, se cambia de disco y no de expectativa.
- El modelo elegido dentro de la lista validada del equipo, con el número de bahías que declara, y no todos del mismo lote.
- Un disco de repuesto esperando dentro de la cabina cuando los discos son grandes, y otro en el estante. El repuesto que tarda tres semanas en llegar no es un repuesto.
- El estado de los discos vigilado y avisando por correo a alguien que lo lee. Los discos suelen avisar antes de morir; el problema es que nadie está escuchando.
- La fecha de puesta en marcha de cada disco anotada, para saber dentro de cinco años cuáles toca cambiar por calendario y poder ponerlo en un presupuesto en vez de en una urgencia.
Quién los administra cuando nos vamos.
Esto lo lleva cualquier equipo de informática, y hasta de mantenimiento.
Cambiar un disco en una bahía es una operación de cinco minutos que no requiere apagar nada, y atender un aviso es leer un correo. Con un procedimiento de una página —qué modelo se pide, dónde está el repuesto, cómo se comprueba que la reconstrucción ha acabado— lo puede llevar perfectamente el personal del cliente, y es mejor así, porque el disco se cambia el mismo día y no cuando pasa alguien.
Lo que conviene dejar claro es lo que NO se hace solo: después de cambiar un disco hay que comprobar que la reconstrucción terminó bien, y hay que reponer el repuesto que se ha gastado. Una cabina con el hueco del repuesto vacío está otra vez sin red de seguridad y nadie se ha enterado.
Lo nuestro es la parte que exige la cuenta: cuándo toca cambiar los discos por edad, si el plazo de grabación sigue cumpliéndose después de añadir cámaras y cuándo la redundancia elegida ha dejado de ser suficiente porque los discos de hoy son mucho más grandes que los de entonces.
Dónde seguir.
Los discos deciden los días de grabación; la caja donde van y el armario donde vive esa caja deciden cuánto duran.
Empezar
¿Sabes qué discos tiene tu grabador dentro?
Dinos el modelo y cuántos años llevan puestos, con cuántas cámaras graban y cuántos días hay que guardar. Te decimos si son los adecuados, cuánto les queda y qué habría que tener en estante para no perder vídeo el día que falle uno.