WestPoint · Hardware · NVIDIA
Sin esta pieza, analizar el vídeo es una demostración. No un sistema.
La tarjeta gráfica es lo que hace que entender lo que ocurre delante de las cámaras sea posible a todas horas y en todas las cámaras, y no en cuatro durante una visita. Cuántas hacen falta no se estima: se mide con el vídeo real.
Qué hace una tarjeta gráfica en un sistema de vídeo.
NVIDIA · Aceleracion — GPU: lo que hace que la analitica de video sea viable. Y la explicación corta es ésta.
Un procesador normal hace pocas cosas a la vez, muy rápido y en orden. Una tarjeta gráfica hace miles de operaciones pequeñas al mismo tiempo. Mirar una imagen es justo eso: el mismo cálculo repetido sobre cada trozo del fotograma, una y otra vez, treinta veces por segundo y en cada cámara. Por eso el mismo trabajo que ahoga a un procesador lo hace una tarjeta sin enterarse.
En una instalación de seguridad eso se traduce en algo muy concreto: se puede analizar todo el vídeo a todas horas, en vez de analizar un rato o unas pocas cámaras. Es la diferencia entre un sistema que avisa cuando pasa algo y una demostración que funciona con cuatro cámaras el día de la visita y se cae cuando se enciende la quinta.
Descodificar y analizar no son el mismo trabajo.
Es la confusión que más dimensionados estropea, y por eso va antes que la cuenta.
El vídeo llega comprimido. Antes de poder mirarlo —una persona o un programa— hay que descomprimirlo: convertir el flujo en fotogramas. Eso lo hace ese bloque dedicado de la tarjeta, es un trabajo muy regular y se puede calcular bastante bien: depende de cuántas cámaras, a qué resolución, a cuántas imágenes por segundo y con qué tipo de compresión.
Analizar es lo que viene después y es otro mundo: pasar cada fotograma, o uno de cada varios, por un modelo que decide qué hay en la imagen. Ese coste no depende de la cámara, depende de QUÉ se está preguntando. Contar cuántas personas cruzan una línea es barato. Leer una matrícula es más caro, porque hay que encontrar la placa y luego leerla. Reconocer si una persona lleva casco y chaleco es más. Y pedirle al sistema que describa una escena o que conteste una pregunta sobre lo que ve es otro orden de magnitud.
Los dos trabajos compiten por la misma tarjeta y se agotan de forma distinta: uno puede quedarse sin bloque de descodificación mientras le sobra cálculo, y el otro al contrario. Por eso un número del tipo «esta tarjeta lleva tantas cámaras» no significa nada sin decir qué se analiza en cada una.
Cómo se dimensiona: se mide, no se estima.
Y el número que sale de la prueba no se parece casi nunca al de la hoja de cálculo.
La forma de hacerlo bien es poner una tarjeta, el software de analítica que se va a usar y el vídeo real de esa instalación —no un vídeo de demostración—, encender las cámaras por grupos y mirar tres cosas: cuánto se está usando el bloque de descodificación, cuánto el cálculo y cuánta memoria de la tarjeta está ocupada. Se sube hasta que una de las tres se queda corta, y ése es el límite de esa tarjeta para ese caso.
Dos avisos de los que sólo aparecen haciéndolo. El primero: el límite suele llegar por la memoria de la tarjeta antes que por la velocidad, porque cada modelo cargado ocupa su sitio y cada flujo abierto también. El segundo: hay que probar con la escena difícil y no con la tranquila. Un aparcamiento a las cuatro de la mañana no cuesta nada; el mismo aparcamiento a la salida de un turno, con cuarenta personas y doce coches en la imagen, cuesta el triple. El dimensionado se hace con el peor momento del día, porque es el momento en el que hace falta que funcione.
Y hay una decisión anterior que ahorra más que cualquier tarjeta: no todo tiene que analizarse. De sesenta cámaras puede que veinte merezcan análisis permanente, quince sólo en horario nocturno y el resto ninguno. Decidir eso con el cliente delante reduce el equipo a la mitad y mejora el resultado, porque lo que se analiza se analiza bien.
Lo que pide de corriente y de aire.
Una tarjeta de estas no es una tarjeta de vídeo de oficina, y el armario se entera.
Consume, y bastante. Lo primero es sumar: el consumo de la tarjeta se añade al del servidor, y hay que comprobar que las fuentes siguen siendo redundantes con todo puesto —es decir, que si se quema una, la otra sola puede con el conjunto—. Si no, la redundancia estaba en el papel y no en la máquina. Además hay tarjetas que piden conectores de corriente propios, y eso depende del chasis y de la fuente, no de la tarjeta.
Y todo lo que consume sale como calor. Muchas tarjetas de servidor no llevan ventilador propio: se refrigeran con el aire que el chasis empuja a través de ellas, que es la razón de que no se puedan poner en cualquier caja. Si el caudal no es el que la tarjeta espera, no se rompe: baja sola el rendimiento para no quemarse, y el sistema va la mitad de rápido sin dar ningún error. Es uno de los fallos más difíciles de diagnosticar si no se sospecha. Y todo ese calor se suma al del armario, que es otra cuenta que hay que rehacer.
Dejar sitio desde el primer día cuesta muy poco.
Y no dejarlo convierte una tarjeta en una obra.
Casi ningún proyecto de vídeo empieza con analítica. Lo que pasa en cambio es que a los dos años alguien pregunta si el sistema puede avisar de algo concreto, y entonces la respuesta depende de decisiones que se tomaron al principio sin pensar en esto: si el chasis tiene una ranura libre del tamaño adecuado, si la fuente aguanta, si el aire llega, si queda una unidad libre en el armario y si el respaldo de corriente tiene margen.
Reservar todo eso el primer día cuesta una diferencia pequeña en el presupuesto. No reservarlo significa cambiar el servidor, y cambiar el servidor de grabación es una parada, una migración de la configuración y un riesgo. Por eso la pregunta la hacemos siempre, aunque la respuesta sea que de momento no.
Lo que corre encima, y una cosa que hay que declarar.
IRIS Neural es producto nuestro, y se dice antes de hablar de él.
IRIS Neural es el sistema de gestión de vídeo con inteligencia artificial de Infinity Neural, la otra empresa del grupo. Es decir: no es una marca de la que seamos integradores, es de casa. Lo decimos porque recomendarla sin avisar de eso sería publicidad disfrazada de criterio técnico.
Viene al caso aquí porque IRIS corre sobre estas tarjetas, y porque el dimensionado de una instalación con IRIS es exactamente la conversación de esta página: qué cámaras se analizan, qué se les pregunta, cuántas tarjetas hacen falta para eso y qué corriente y qué aire pide el armario. Con la diferencia de que ahí, al ser producto nuestro, la medida la podemos hacer con el vídeo del cliente antes de que compre nada.
Dónde no la pondríamos.
Nadie necesita una de éstas por defecto.
Si no hay analítica ni está previsto que la haya, no. Una tarjeta de estas en un servidor que sólo graba es dinero, calor y consumo a cambio de nada: para grabar no sirve, porque grabar es escribir en disco. Lo que sí tiene sentido en ese caso es dejar el sitio preparado, que no cuesta casi nada.
Y no la pondríamos para entrenar modelos en una instalación. Entrenar y ejecutar son dos trabajos muy distintos: entrenar pide mucho más equipo y se hace una vez, en otro sitio. Lo que va en una instalación de seguridad es la ejecución, que es la parte que tiene que funcionar todos los días. Si alguien propone entrenar en el servidor de grabación, conviene preguntar por qué.
Quién la administra cuando nos vamos.
Tu equipo de informática puede llevarlo, con un acuerdo sobre una sola cosa.
Lo de cada día es sencillo y cualquier departamento de informática lo hace: vigilar temperatura, consumo y uso de la tarjeta, y que eso entre en el sistema de avisos que ya tengan. Una tarjeta que empieza a bajar de rendimiento por calor se ve en esa gráfica meses antes de que alguien se queje.
El acuerdo necesario es sobre el controlador. Aquí la versión no la elige informática por costumbre ni se actualiza porque haya una nueva: la marca el software de analítica, que suele exigir un rango concreto. Actualizar el controlador sin comprobarlo es la causa más repetida de que una analítica que funcionaba deje de arrancar un lunes. Se prueba en una máquina antes de tocar las demás.
Dónde seguir.
Una tarjeta gráfica obliga a revisar dos cosas que estaban decididas: el armario y la corriente.
Empezar
¿Quieres saber cuántas tarjetas necesitas de verdad?
Dinos cuántas cámaras hay, cuáles merece la pena analizar y qué quieres que el sistema detecte. Lo medimos con tu vídeo y con el peor momento del día, y te damos el número con la prueba detrás: cuántas tarjetas, cuánta corriente y cuánto calor añaden al armario.