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Detección de incendios · Apollo Fire Detectors

La central y el detector pueden ser de dos casas distintas.

Un fabricante británico de detectores cuyo protocolo hablan muchas centrales. Eso da libertad al elegir y crea una costura, y lo segundo se nota el día que un elemento se porta raro. Aquí contamos las dos cosas.

Qué es, y dónde aparece.

Apollo Fire Detectors — Detectores profesionales y protocolos abiertos. En la práctica, esto.

Un sistema de detección son dos mundos: la central —el armario que pregunta a todo varias veces por segundo y decide— y los elementos que cuelgan del cable, que son los detectores, los pulsadores, las sirenas y los módulos que mandan sobre otras cosas. Esta casa hace lo segundo, y lo hace para que funcione con centrales de muchas marcas.

Por eso aparece en instalaciones de todo tipo y muchas veces sin que el cliente lo haya elegido: oficinas, colegios, hoteles, residencias, retail, industria, edificios públicos. Y aparece en los dos mundos, el de los sistemas por zonas y el de los sistemas direccionables, donde cada elemento tiene su dirección y la central sabe decir cuál ha sido y cómo está.

También aparece donde casi nadie más puede entrar: ambientes con riesgo de explosión. Hay versiones de detector preparadas para esas zonas, y eso explica por qué se la encuentra en instalaciones de combustible, en químicas y en cabinas de pintura.

Cómo se monta, y qué se decide al montarlo.

Los elementos cuelgan de un lazo que sale de la central, va recorriendo el edificio y vuelve. Si el cable se corta en un punto, la central llega por el otro lado y no pierde a nadie; y con aisladores repartidos por el recorrido, un cortocircuito se come un tramo en vez de la planta entera. Cuántos aisladores y dónde es una decisión de proyecto que no se ve y que aparece el día que un tornillo toca donde no debe.

De tecnología, el criterio de siempre: óptico en oficinas, pasillos, habitaciones y falsos techos con cable; térmico en cocinas, aparcamientos y salas de máquinas; multicriterio donde hace falta sensibilidad en un ambiente sucio; de llama en exteriores y naves muy altas; aspiración cuando hay que enterarse muy pronto o el techo está a doce metros; cable lineal de temperatura en cintas y galerías.

El aviso a las personas es la otra mitad: pulsadores junto a las salidas, sirenas y luces donde hay ruido o donde hay gente que no oye, y megafonía de evacuación cuando hace falta decir por dónde salir y no sólo que hay que salir. Y lo que nunca sale en la oferta: las baterías que dan la autonomía sin luz, calculadas con el consumo de lo que hay puesto y no con el del proyecto inicial.

El ambiente manda, y se puede ajustar.

Una falsa alarma no molesta: acaba con el sistema, porque a la tercera alguien anula la zona y la zona anulada sigue pintada en el plano.

Lo que aporta esta casa en ese terreno es que el mismo detector admite varios modos de comportamiento según dónde va: el mismo aparato puede estar más atento en una habitación y más sereno en un pasillo con corriente. No hace milagros con un detector mal situado, pero resuelve los casos intermedios, que son muchos.

Los casos no intermedios piden otra cosa. El vapor de una cocina o de un vestuario, el polvo de un almacén, el humo de una soldadura, el escape de una carretilla en el muelle: ahí un óptico va a saltar y el arreglo es cambiar de tecnología, no bajar la sensibilidad hasta que aguante. Bajarla es cambiar un problema que se ve por uno que no se ve.

Y hay un escenario donde esto se vuelve serio: las zonas con riesgo de explosión. Ahí el detector no sólo tiene que detectar, tiene que no ser una fuente de ignición, y eso cambia el equipo, el cableado y quién puede firmar la instalación. Si tu edificio tiene una zona así, es la primera cosa que hay que poner sobre la mesa.

Libertad al elegir, y una costura.

La parte buena de un protocolo que hablan muchas centrales es real: no quedas atado a una sola casa para los elementos, y el día que haya que cambiar la cabecera hay una posibilidad seria de conservar elementos y cableado. Eso convierte el presupuesto de un proyecto en el de una actualización, y hay que comprobarlo en la instalación y elemento por elemento, no en una hoja de cálculo.

La costura es la otra cara. Cuando la central es de una casa y el detector de otra, un comportamiento raro se convierte en una conversación entre dos soportes que no se conocen, y el cliente en medio. Por eso quien responde de que el conjunto funcione tiene que ser uno solo, y es quien ha montado la instalación. Nosotros lo firmamos cuando lo hemos montado nosotros; y cuando entramos en una instalación ajena, lo primero es decir qué hemos comprobado y qué no.

Hasta dónde llega el trabajo.

Se dice en la primera reunión y no a mitad de obra.

Somos de electrónica. Proyecto de detección, central, lazos, elementos, alarma, evacuación, enclavamientos con clima, puertas, ascensores y control de accesos, puesta en marcha y mantenimiento: nuestro y entero. El agua no: rociadores, bocas de incendio equipadas, columna seca, grupo de presión y depósitos son otro oficio, con otra habilitación y otros gremios, y no lo subcontratamos para figurar como si lo hiciéramos.

La extinción por gas se parte, y en una instalación con zonas de riesgo esa raya hay que tenerla clarísima. La detección, la central que cuenta el tiempo antes de descargar, los avisos de no entrar, el pulsador de disparo y el de aborto y el enclavamiento que para el clima y cierra compuertas: electrónica, y lo hacemos. La batería de botellas, su anclaje y su tubería, no. Saberlo pronto cambia a cuántas empresas hay que pedir precio.

Qué hacemos nosotros con ella.

Y si hay zonas con riesgo, eso se resuelve antes que nada.

  • El levantamiento y el proyecto: qué hay puesto, qué se puede conservar, qué tecnología pide cada sitio y qué zonas han cambiado de uso desde la última vez que se miró.
  • Las zonas especiales primero: riesgo de explosión, techos muy altos, cámaras frigoríficas, exteriores. Son las que deciden el proyecto, y dejarlas para el final es lo que revienta un presupuesto a mitad de obra.
  • La tabla de lo que hace el edificio con cada zona, firmada antes de programar: qué suelta, qué cierra, qué para y quién se entera.
  • La puesta en marcha punto por punto, comprobando que la central ve cada elemento donde está de verdad, con la secuencia completa de cada zona y el acta firmada de cada punto.
  • El mantenimiento: calendario de revisiones y expediente de lo que se hace en cada una. Se paga todos los años, y eso se dice antes de firmar y no con la primera factura.

Quién lo opera después.

La respuesta corta: usar el sistema, tu gente; tocar el sistema, no.

Usarlo es silenciar las sirenas cuando ya se sabe qué pasa, rearmar la central después de comprobar, leer el histórico para saber a qué hora y por dónde empezó, y entender un aviso de avería sin llamar a nadie. Eso tiene que poder hacerlo quien está en el edificio todos los días, y se enseña el día de la entrega.

En medio está la anulación temporal de una zona en obra. Se enseña, con su regla escrita y su registro de quién anula y quién repone: la zona que se quedó fuera un viernes por la tarde es uno de los agujeros más repetidos que existen, y la central lo está avisando en una pantalla que nadie mira.

Tocar el sistema no es del cliente, y no por celo profesional: añadir o mover elementos, cambiar la programación o las sensibilidades y actualizar la central tienen que estar en manos de una empresa mantenedora habilitada, con su calendario y su expediente firmado. Y lo que decide si tu gente puede operarlo de verdad son los planos de lo que hay, los procedimientos de una página y una formación por papeles.

Qué se decide en el proyecto, y dónde decimos que no

Empezar

¿Tienes una zona donde un detector normal no vale?

Cuéntanos qué se hace ahí dentro, qué altura tiene y qué hay puesto hoy. Con eso te decimos qué tecnología corresponde, qué se puede conservar de lo que hay y qué parte del trabajo no es nuestra.