WestPoint · Cámaras · Mobotix
Mobotix no manda el vídeo a ningún sitio hasta que hace falta.
Alemana y con un planteamiento propio: la inteligencia y la grabación viven dentro de la cámara, no en un servidor. Eso cambia cuánta red se gasta, qué hace falta detrás y qué pasa cuando se corta la línea.
Qué clase de fabricante es.
La cámara no es un ojo que manda imágenes a un ordenador: lleva su propio procesador, decide ella qué es relevante y puede grabar en su propia tarjeta o en un disco de red. Detrás no hace falta un servidor de grabación, y el programa de gestión no se paga por cámara.
Lo segundo que la define es la robustez. Equipos cerrados pensados para intemperie dura y para rangos de temperatura amplios, con muy pocas piezas móviles —que son las que se rompen— y sin ventilador. En una planta con polvo, agua a presión o frío, eso es más importante que cualquier cifra de catálogo.
Lo que sacrifica es el precio por cámara y la escala. Es caro por unidad, el catálogo es corto, y su forma de trabajar da lo mejor de sí en instalaciones medianas y repartidas, no en un centro de control con cien cámaras y tres operadores buscando a la vez.
Qué significa que sea descentralizada.
Que la cámara decide. Mira su escena, aplica lo que se le ha configurado y sólo manda algo cuando hay algo que mandar. En una instalación con línea mala o con muchas sedes pequeñas —gasolineras, depuradoras, casetas, locales de una cadena— eso es la diferencia entre poder hacerlo y no poder: no hay que subir vídeo continuo por una conexión que no da.
Y como el vídeo puede quedarse dentro del equipo, la instalación sigue grabando cuando se cae la red. A cambio aparece una pregunta que hay que contestar por escrito: qué ocurre si se llevan la cámara con la grabación dentro. La respuesta suele ser una copia en un disco de red, y eso es diseño, no un ajuste.
Dónde se porta bien.
En instalaciones repartidas con poca red y sin nadie delante de una pantalla: muchas ubicaciones pequeñas, cada una con dos o tres cámaras, que tienen que avisar cuando pasa algo y guardar lo suyo mientras nadie pregunta.
Y en interiores donde una cámara de techo que lo ve todo ahorra tres: una tienda pequeña, una sala, un acceso, un ascensor. Las hemisféricas de esta casa cubren una habitación entera desde un solo punto y sin partes que giren, que es lo que más se avería en una cúpula motorizada.
Dónde no la pondríamos.
Cuando hay que ver detalle lejos. Una cámara de techo que cubre una sala entera reparte sus píxeles en toda la habitación: cerca del centro se reconoce a la gente y en el rincón del fondo ya no. Para identificar a alguien en una puerta a quince metros hace falta otra cosa, y no hay ajuste que lo arregle.
Y en instalaciones grandes con sala de control, operadores que buscan a diario y necesidad de integrarse con el resto de sistemas. Funciona con software de vídeo de terceros, pero entonces se paga una cámara caracterizada por su forma de trabajar y se usa como una cámara normal, que es el peor negocio posible.
La analítica que lleva dentro, y dónde se acaba.
Aquí la analítica embarcada no es un extra: es la razón de ser del equipo. Detecta movimiento con criterio, avisa de intrusión en una zona, cuenta pasos, y puede disparar ella sola un aviso, una sirena o una llamada sin que haya nada encendido detrás.
El límite tiene una parte general —son reglas dibujadas y la cámara sólo ve su encuadre— y una propia: la capacidad de cálculo de un equipo sin ventilador y alimentado por el cable de red es la que es, así que la analítica pesada no vive ahí.
Lo que viene ahora es una recomendación con parte interesada, así que va declarado: en la misma casa está IRIS Neural, el NVMS de Infinity Neural, la otra empresa del grupo. Es producto nuestro. Preferimos que lo sepas leyendo esta línea.
Lo que aporta es lo que no cabe en una regla, y juntar lo que ven varias sedes en un solo sitio. Conviven bien, porque la cámara sigue haciendo su trabajo en el borde. Y si con un aviso de zona y una grabación local se resuelve, no hace falta nada más.
Qué hacemos nosotros.
- Decidir si este planteamiento encaja, que es lo primero y lo que más dinero ahorra. Si hay red buena y sala de control, casi siempre hay una forma más barata de hacer lo mismo.
- La elección de cámara por punto y, en las de techo, la altura: es lo que decide a qué distancia del centro se sigue reconociendo a alguien.
- Dónde se guarda lo grabado y qué pasa si se llevan el equipo. Copia en disco de red, días de retención reales y una prueba de recuperación hecha delante del cliente.
- La puesta a punto de la detección en el sitio y con la escena en marcha, porque una cámara que avisa sola y avisa mal es una cámara que alguien va a silenciar.
- El mantenimiento: firmware, contraseñas del cliente, estado de las tarjetas de memoria —se gastan, y nadie lo mira— y revisión del encuadre.
El ángulo y la altura no se discuten en el montaje.
Con una cámara de techo que lo ve todo, la altura es el proyecto entero. A tres metros cubre la sala y se reconoce a la gente; a seis cubre más sala y ya no se reconoce a nadie. Y el sitio importa tanto como la altura: en el centro geométrico queda bonito, pero si lo que hay que ver es quién entra por la puerta, la cámara va cerca de la puerta.
El ángulo, la altura y la luz deciden para siempre qué se podrá hacer con esa imagen, y se deciden en el proyecto con el techo medido, no el día del montaje con el taladro en la mano.
Dónde seguir.
Antes de elegir arquitectura hay que saber qué se le pide a cada imagen y quién va a mirarla. De eso habla el área.
Empezar
¿Tienes muchas ubicaciones pequeñas y mala línea?
Ése es el escenario donde este planteamiento gana. Cuéntanos cuántos sitios son, cuántas cámaras en cada uno, qué conexión hay y quién atiende los avisos, y te decimos si aquí compensa o si sale mejor un sistema centralizado normal.