Siderurgia y metal
Bobinas, perfiles y palanquilla: mercancía pesada, sin etiqueta y que se apila en el suelo. El caso donde el identificador visual más se nota.
Ruby Neural
El estado real del almacén mirando lo que ya está grabado: qué hay, dónde y desde cuándo.
El sistema de gestión sabe lo que debería haber en cada posición. Lo que hay de verdad se sabe bajando a mirar, y por eso el inventario se hace dos veces al año.
Entre inventario e inventario, la diferencia crece: un palé mal ubicado, una devolución que no se registró, un hueco que lleva tres semanas y que el sistema sigue dando por lleno.
Y el momento en que se descubre es el peor: cuando alguien va a por ello.
Se marcan sobre la imagen las posiciones que hay que vigilar. A partir de ahí se sabe cuáles están ocupadas, cuáles vacías y desde cuándo.
Eso no sustituye al sistema: lo contrasta. Cuando el sistema dice lleno y la cámara ve vacío, sale la discrepancia con la foto.
Y el dato es de todos los días, no de dos veces al año.
Lo que Ruby Neural entiende
Logística, carga y almacén.
Cada una es una grabación del sistema funcionando. Pasa el ratón por encima —o tabula hasta ella— para verla en movimiento.
Un almacén de recambios tenía una diferencia de inventario recurrente en un pasillo concreto. Se achacaba a errores de picking.
El registro visual enseñó otra cosa: los palés de ese pasillo se movían al pasillo de al lado cada vez que entraba una carga grande, y nadie lo registraba. No era un error de picking: era falta de sitio en la playa de entrada.
Bobinas, perfiles y palanquilla: mercancía pesada, sin etiqueta y que se apila en el suelo. El caso donde el identificador visual más se nota.
Bobinas en campa, control de altura de pila y estado del envolvente.
Acopios de árido, cemento y prefabricado, con medición de volumen entre pesadas.
Silos, sacas y palés de campaña, con niveles y rotación por lote.
Posiciones ocupadas y vacías en estantería convencional.
Huecos en ubicaciones de recogida y reposición pendiente.
Palés acumulados, tiempo que llevan y ocupación de la playa.
Nivel de montón, llenado de tolva y superficie ocupada.
Cualquiera puede prometer que esto reduce las diferencias de inventario en un porcentaje. Nosotros no, porque depende de cómo esté hoy el almacén y de qué se haga con los avisos.
Lo que sí se puede decir es qué se mide: cuántas discrepancias aparecen al día, cuánto tardan en resolverse y cuántas llegan al inventario sin resolver. Esas tres cifras, medidas antes y después, dicen si sirve.
Y si al cabo de tres meses no han bajado, el problema no era la visibilidad y hay que buscar en otro sitio. Eso también hay que poder decirlo.
No todo el almacén son huecos numerados. Hay material que se apila en el suelo: sacos, bobinas, palés de campaña, perfiles, neumáticos. Ahí no hay ubicación que consultar, hay una pila y la memoria de quien la hizo.
Desde la cámara se mide la pila: cuántas alturas tiene, si está dentro del máximo permitido, si está inclinada y si el material de arriba es el mismo que el de abajo.
El control de altura de apilamiento no es un capricho de orden: es la causa de una parte de los accidentes de almacén, y es de las cosas que se comprueban a ojo y por costumbre.
Medir cuánto material hay en un montón es sorprendentemente difícil. Se estima por volumen aparente, se pesa a la salida o se hace un aforo topográfico dos veces al año.
Con la cámara sale una estimación diaria del volumen de la pila, y sobre todo su evolución: cuánto ha bajado esta semana. Para una campa de áridos, de chatarra o de biomasa, esa curva es el dato de existencias que hoy no hay.
No sustituye a la báscula. Da un número entre pesada y pesada, que es donde hoy no hay ninguno.
En picking manual, el error no se descubre en el almacén: se descubre en el cliente. Y cuando llega la devolución, reconstruir qué pasó es imposible.
Verificando visualmente lo que se coge frente a lo que se pidió, el error se ve en el momento y se corrige antes de que salga por la puerta.
Y cuando aun así llega una reclamación, hay imagen de qué se metió en esa caja.
Nada de esto pretende sustituir al sistema de gestión de almacén. Lo que hace es mandarle lo que ve: esta ubicación está vacía, esta pila pasa de altura, este picking no cuadra.
Entra como una discrepancia con su foto y su hora, en el mismo sitio donde el equipo ya trabaja. Si acaba en otra pantalla que hay que mirar aparte, no lo mira nadie.
Casos grabados
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El identificador visual no es un código de barras: no dice qué producto es, dice que ESE bulto es el mismo que entró por la puerta hace dos horas. Para saber la referencia sigue haciendo falta el código o el albarán.
Y en estantería alta, una cámara cubre dos o tres alturas con fiabilidad. Las de arriba necesitan otro ángulo, y eso son más cámaras.
Otras cosas que la misma familia entiende, sobre las mismas cámaras.
Casi nunca todas, y a veces ninguna. Lo que decide no es la marca ni los megapíxeles: es el ángulo, la distancia y la luz. Una cámara modesta bien puesta sirve mejor que una buena mirando desde donde no toca.
Lo primero que pedimos es una imagen de la cámara tal cual está. Con eso se ve si da, si hay que moverla o si hace falta otra. Y si hace falta otra, se dice entonces y no después de firmar.
Donde haga falta. Puede ser en un equipo en la propia instalación, sin que la imagen salga de ahí, o en servidor. En instalaciones donde el vídeo no puede salir por política o por normativa, se procesa dentro y punto.
Lo que sale hacia fuera en ese caso no es imagen: son los avisos y los números.
Nada de esto identifica a personas. Se distinguen figuras, posturas, objetos y vehículos, no caras ni nombres.
Aun así, un sistema que trata imágenes de un centro de trabajo tiene sus obligaciones: informar, definir para qué se usa y cuánto se guarda. Eso se resuelve al principio, con quien lleve la protección de datos en la empresa, y no es un trámite que se deje para el final.
Depende de cuántas cámaras y de si están puestas. Con cámaras existentes y bien orientadas, una zona piloto —un pasillo, una playa— se configura en días y se deja midiendo sin avisar a nadie durante una o dos semanas.
Ese periodo no es burocracia: es lo que dice si las posiciones marcadas están bien y cuántos falsos avisos hay. Un sistema que se pone en marcha el primer día suele apagarse el tercero.
El despliegue al resto del almacén va después, y ya con los criterios ajustados.
Se vuelven a marcar las posiciones sobre la imagen. No hay que reinstalar nada ni reprogramar: es dibujar otra vez, y lo puede hacer el propio equipo.
En almacenes de campaña, donde la distribución cambia cada temporada, eso es la diferencia entre que el sistema se use y que se abandone al primer cambio.
Menos de las que la gente supone para lo básico y más para lo fino. Contar ocupación de pasillo y detectar huecos en las dos primeras alturas se hace con una cámara por pasillo; distinguir posición a posición en altura son dos o tres.
Lo miramos con el plano y con una foto. Y si la respuesta es que hacen falta veinte cámaras para lo que se quiere, se dice antes.
Ayuda mucho y no lo sustituye. El recuento oficial sigue necesitando su procedimiento.
Lo que cambia es que, cuando llega el inventario, las discrepancias ya están localizadas y fechadas en vez de aparecer todas de golpe.
No, lo contrasta. El sistema sabe qué debería haber; esto ve qué hay. La diferencia entre las dos cosas es el dato que hoy no existe hasta el inventario.
Se manda como discrepancia al propio sistema, con la foto, para que alguien la resuelva el mismo día.
Es el caso que mejor resuelve. Hay mercancía que no se puede etiquetar: fardos, bobinas, perfiles, bultos irregulares, material a granel embalado. Todo eso hoy se sigue con un papel y con la memoria de quien lo movió.
Ruby le genera un identificador propio a partir de lo que se ve: tamaño, forma, color y la combinación de rasgos que lo hace distinto de los de al lado. A partir de ahí ese bulto se puede seguir por el almacén sin haberle pegado nada encima.
No es un código de barras y no dice qué producto es. Dice que ese bulto de la posición C-14 es el mismo que descargó el camión de las siete.
Depende de la altura del pasillo y de la distancia. En estantería convencional, una cámara por pasillo suele cubrir dos o tres alturas con fiabilidad; las de arriba necesitan otro ángulo.
Lo miramos con una foto del pasillo antes de decir un número.
Sí, y es como se monta. No hay que vaciar nada ni parar la operativa; la configuración se hace sobre la imagen en vivo.
Empezar
Esto ya está grabado funcionando. Lo que falta es ver si tu cámara lo permite: dónde está puesta, qué ángulo tiene y qué se ve desde ahí. Si no da, te lo decimos.